OPINIÓN | José Font Caballero
Entre los amarillentos papeles del archivo familiar de mi amigo Godo, ha resurgido un tesoro histórico: el relato detallado de una excursión al Montgó realizada en 1890 por un grupo de xabieros, una hazaña que hoy, en plena era del cambio climático, los expertos desaconsejan emular durante los tórridos meses estivales. La crónica, firmada por Godofredo Cruañes Signes -abuelo de mi amigo- es un viaje en el tiempo a una época en que la montaña se conquistaba a lomos de burros, con calabazas de vino y guías que a veces se perdían.
El autor de las famosas ‘Efemérides de Jávea’, relata en esta ocasión, con frescura cómo logró por fin subir al coloso que domina el paisaje xabiero: «A ese monte, tenía yo grandes deseos de subir, mas no encontraba nunca compañía, hasta que se me presentó la ocasión de subir en compañía de varios amigos y señoras de esta población que tuvieron la humorada de realizar tan penosa ascensión». La comitiva, formada por una decena de personajes distinguidos —entre ellas las familias Ferrando, Albi y Ramos—, partió a las tres de la madrugada desde la Placeta del Convent. Algunos iban montados en ‘burriquillos de los llamados morunos’, otros cargados con cantimploras y ‘gemelos’ -prismáticos-, mientras los criados transportaban las vituallas.
El primer incidente no tardó en llegar: «La borriquilla que cabalgaba Rosa Ramos […] se acostó […] y al levantarse el animal, […] nos sorprendió un chorro de líquido rojo […] que no era otra cosa que vino de una calabaza que llevaba en el serón». El susto inicial se convirtió en hilaridad, especialmente por las «exclamaciones de D. Agustín», quien seguramente vio cómo su reserva de vino se escurría entre las piedras.
Tras horas de ascenso por senderos «…sembradas de piedrecitas menudas que a cada momento nos obligaban a hacer reverencias¨, la niebla matutina les regaló un momento mágico: «De repente se disipa la niebla y nos hizo el efecto de cuando en un teatro se levanta el telón […] Dominábamos con nuestra vista todo el término de Jávea, Gata, parte de Benitachell y Teulada; el llano de Jávea parecía un variado mosaico». Godofredo, modesto, reconoce que semejante panorama es «más para visto que para contado».
Pero no todo fue perfección. Al llegar a la cima —753 metros sobre el nivel del mar—, el grupo descubrió restos de antiguas barracas militares usadas para comunicaciones ópticas con Ibiza. Sin embargo, el plan de comer en la famosa ‘Cueva del Agua’ se frustró cuando «…después de dos horas de paseo por el monte, con un sol que abrasaba, el guía nos dice que no sabía el camino». El almuerzo terminó siendo bajo los pinos del ‘Pórtal de Belén’ donde «entre la poesía del monte, ayudados del buen apetito y mejor humor, despachamos las provisiones».
Mientras el relato de 1890 transmite una experiencia casi idílica -a pesar de los percances-, los expertos actuales alertan: «…el cambio climático ha convertido al Montgó en un lugar peligroso en verano». Las temperaturas extremas —que este julio ya superan los 35°C a primera hora de la tarde—, el riesgo de deshidratación y la mayor frecuencia de incendios desaconsejan totalmente la ascensión entre junio y septiembre. Para muestra un botón, pues ya hemos visto en las noticias cuánto Livingstone suelto hay por nuestras montañas y acantilados, rescatado en helicóptero a las pocas horas de su absurda aventura.
La ruta descrita en el texto, que en 1890 se hizo con niebla matinal y brisa, hoy puede ser una trampa mortal. La falta de sombra y el reflejo del sol en la roca calcárea multiplican la sensación térmica. La ‘filtración de agua fresca’ que encontraron en la cima hoy probablemente estaría seca. El Montgó sufre estrés hídrico, y las fuentes cercanas no siempre tienen caudal.
Este texto es una ventana a un tiempo en que la naturaleza se exploraba con espíritu aventurero y cierta inocencia. Hoy, el Montgó sigue siendo un símbolo de la Marina Alta, pero su ascensión exige responsabilidad: mejor hacerla en primavera u otoño, con agua abundante, protección solar y evitando las horas centrales del día. Como dice Godofredo Cruañes Signes: «Si la realizas, dirás que esta descripción es pálido reflejo de la realidad». Pero que sea una realidad segura.








Aún soltero, puesto que contrajo nupcias el 12 de junio de 1896, hizo esta «expedición» con un grupo de amigos; toda una efeméride, si se tiene en cuenta, además de la propia dificultad, las vestimentas de la época, muy especialmente las damas.
Yo veraneantes madrileño de toda la vida subí siendo joven con un grupo de amigos también en pleno verano…hasta la cruz,me encantó. También soy afortunado por haber podido entrar en la cueva ,mi única experiencia en espeleología. Bonita efeméride,enhorabuena.
Pues aquí van las dos experiencias de otro madrileño.
La primera vez que subimos un grupo de amigos fue en 1980, en agosto, una experiencia estupenda, por la vegetación del monte y las magnificas vistas que tienes, diferentes según la revuelta del camino en la que te encuentres. Era por la tarde y, aparte del buen cansancio, sin incidentes salvo algunas heridas en los pies de uno de los amigos del grupo, que llevaba un calzado nada adecuado para este paseo.
La segunda, como cinco años después, fue mas accidentada, pues a la mitad de la bajada, empezó una fuerte tormenta, con mucha lluvia, que dejó el suelo muy resbaladizo y nos empapó, pero también terminó bien y, de nuevo era agosto y por la tarde.
No se si no es un poco exagerado eso de no subir en verano, aunque es evidente que debe ser gente con un poco de forma física, y mejor empezar al amanecer.