OPINIÓN
Esta inspiración se la agradezco al Nazareno. Esa fe y esperanza que Él ha infundido e influido en el pueblo de Xàbia desde que desembarcó en 1767 en su preciosa Bahía desde el puerto de Alicante. Posteriormente es trasladado a la antigua ermita, la actual ermita del Calvario.
Los xabieros le rinden homenaje anualmente. Le adoran y le veneran y desde hace más de dos siglos y medio son fieles devotos a su imagen, a la que le pide protección, y creen con fervorosa fe, que Jesús Nazareno ha estado a su lado en todas las epidemias, catástrofes y calamidades que han azotado y castigado fuertemente a la Comarca de la Marina Alta, concretamente a Xàbia (1854, 1865, 1884, junto a la de 1834), dejando cientos de muertos excepto en Xàbia que, en todas las ocasiones se salvó de sufrir el azote de víctimas.
Sin pretender entrar en el corazón o en las creencias de cada uno de los xabieros, lo que sí es evidente que la devoción que muestran año tras año, tanto a la bajada desde la ermita del Calvario a la Iglesia de San Bartolomé, como a la subida a la ermita el 3 de mayo, es verdaderamente apoteósica la participación de la gente y con una peregrinación de fieles que es la prueba fehaciente de la admiración que sienten los vecinos de Xàbia por su Nazareno.
Esta fiesta de carácter principalmente religioso, es una de las fiestas más importantes y con más arraigo histórico para el vecindario de Xàbia y que, además, se transmite de generación en generación durante más de dos siglos y medio.
Como me siento xabiero de corazón, tras el recorrido del camino hacia la ermita del Calvario, he anotado las inscripciones que figuran en cada una de las 14 estaciones que reflejan los sufrimientos que padeció Jesús hasta
la llegada al monte Gólgota o de la Calavera, donde finalmente extenuado fue crucificado.
Dichas estaciones simbolizan cada uno de los momentos claves de la Pasión de Cristo. En el camino de la subida a la ermita del Calvario de Xabia, en la primera se lee:
- Primera estación: Jesús es condenado a muerte. «Entonces Pilato tomó a Jesús y lo hizo azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza, y lo vistieron con un manto de púrpura. Y comenzaron a saludarlo: «¡Salve, rey de los judíos!». Y le daban golpes en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él» (Juan 19:1-3).
- Segunda estación: Jesús carga con la cruz. «Y entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados le tejieron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron encima un manto de púrpura. Luego se acercaron a él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!» y le daban golpes en la cara». (Juan 19:1-3).
- Tercera estación: Jesús cae por primera vez. «Sin embargo, él soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mientras nosotros lo considerábamos castigado, herido por Dios y humillado. Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz cayó sobre él, y por sus llagas fuimos sanados» (Isaías 53:4-5).
- Cuarta estación: Jesús se encuentra con su madre.. «El discípulo amado estaba en el pie de la cruz junto con María, la madre de Jesús. Cuando Jesús vio a su madre y al discípulo a quien amaba, dijo a
su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde ese momento, el discípulo la recibió en su casa» (Juan 19:26-27). - Quinta estación: Simón de Cirene ayuda a Jesús a cargar la cruz. «Cuando salían, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz de Jesús» (Mateo 27:32).
- Sexta estación: Verónica limpia el rostro de Jesús. «Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me recibieron en su casa; estuve desnudo, y me vistieron; enfermé, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron» (Mateo 25:35-36).
- Séptima estación: Jesús cae por segunda vez. «Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por él, pero el mundo no lo reconoció. Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Juan 1:10-11).
- Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén. «Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí; lloren por ustedes y por sus hijos» (Lucas 23:28).
- Novena estación: Jesús cae por tercera vez. «Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz cayó sobre él, y por sus llagas fuimos sanados» (Isaías 53:5).
- Décima estación: Jesús es despojado de sus ropas. «Entonces los soldados, cuando crucificaron a Jesús, tomaron sus ropas y las dividieron en cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también
su túnica, que era sin costura, tejida de una sola pieza de arriba abajo» (Juan 19:23). - Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz. «Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, crucificaron allí a Jesús y a los criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda». Jesús decía:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:33-34). - Duodécima estación: Jesús muere en la cruz. «Y Jesús, clamando a gran voz, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y habiendo dicho esto, expiró» (Lucas 23:46).
- Décimo tercera estación: Jesús es bajado de la cruz. «Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le permitiera llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Entonces fue y se llevó el cuerpo de Jesús» (Juan 19:38).
- Décimo cuarta estación: Jesús es sepultado en el sepulcro. «José compró una sábana, bajó a Jesús de la cruz y lo envolvió en ella. Luego lo pusieron en un sepulcro cavado en la roca, donde nunca había sido sepultado nadie» (Lucas 23:53).
En resumen, las 14 estaciones del viacrucis y sus citas bíblicas correspondientes nos permiten recordar y reflexionar sobre los momentos clave de la pasión de Cristo. Cada estación nos invita a meditar sobre el sacrificio de Jesús y su amor incondicional por nosotros.
A estas 14 estaciones, yo les añadiría:
Cuando pases mírame
contempla mis santas llagas
y verás que mal me pagas
la sangre que derramé.
He aquí, el innegable hecho histórico que tradicionalmente se celebra en Xàbia desde hace más de 250 años.










