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El Fielato de Xàbia: el lugar donde había que pagar para entrar al pueblo y cuya historia muchos desconocen

Verónica Blasco

Periodista
11 de octubre de 2026 - 07:25

Hay nombres de calles, plazas y rincones de Xàbia que forman parte del vocabulario cotidiano de sus vecinos, pero cuyo origen ha ido quedando en el olvido. Uno de ellos es El Fielato o Fialato. Muchos xabieros saben dónde está, lo utilizan como punto de referencia e incluso han pasado cientos de veces por delante. Pero ¿cuántos conocen realmente qué era y por qué se llama así?

Para encontrar la respuesta hay que retroceder varias décadas, hasta una Xàbia muy diferente a la actual. Una localidad agrícola, de caminos de tierra, carros cargados de mercancías y comerciantes que llegaban desde otros pueblos de la comarca.

En aquella época, entrar en Xàbia con determinados productos podía implicar detenerse, declarar lo que se transportaba y pagar un impuesto. Todo ello se realizaba en una pequeña caseta situada en uno de los principales accesos a la población: el Fielato.

Una pequeña caseta que controlaba la entrada al pueblo

El Fielato era una oficina de consumos, un puesto de control situado a la entrada de los municipios donde se inspeccionaban las mercancías procedentes del exterior y se cobraban los impuestos correspondientes.

Su nombre tiene un origen curioso. Procede del «fiel» de la balanza, la aguja que permitía comprobar el equilibrio y el peso de los productos. Y es que pesar las mercancías era precisamente una de las tareas que se realizaban en estos puntos de recaudación.

En Xàbia, la caseta se encontraba en el acceso occidental al casco urbano, en las proximidades de la antigua puerta de la Ferrería o de Sant Vicent, por donde llegaban los caminos procedentes del interior de la comarca.

No se trataba de una simple caseta a la orilla del camino, sino de un punto de control de la actividad comercial que entraba en la población.

Cuando Xàbia todavía tenía puertas de entrada

Para comprender la ubicación del Fielato, según se recoge en un artículo de Vicente Catalá Bover sobre la historia del municipio, «hay que recordar que Xàbia fue una población amurallada hasta 1873. El antiguo recinto contaba con cuatro puertas que regulaban los accesos al núcleo urbano».

Una de ellas era el Portal de la Ferrería o de Sant Vicent, considerado la entrada y salida oficial de la población. Precisamente en sus inmediaciones se encontraba el Fielato, junto al puente de la carretera de Gata, al inicio de la actual calle Doctor Borrull, muy cerca de la glorieta conocida, actualmente, como la de la Olivera.

El paisaje de aquella zona era muy diferente al actual. Catalá recuerda que existían tres puentes: uno que comunicaba con Gata de Gorgos, otro con Dénia y un tercero conocido como el «pont de Juanito», que conducía hacia el Colomer. Por aquel acceso transitaban vecinos, agricultores y comerciantes que llegaban desde otros puntos de la comarca. Lo que hoy es una zona de circulación habitual era entonces una de las principales puertas de entrada a la vida comercial de Xàbia.

Una antigua fotografía publicada por la Fundación CIRNE permite imaginar aquella escena: un carro avanzando por el raval de Sant Vicent, varias personas caminando por una vía todavía muy diferente a la actual y, a un lado, la pequeña caseta del Fielato. Al fondo, el campanario de la iglesia-fortaleza de Sant Bertomeu sobresale sobre las construcciones de una Xàbia que aún conservaba buena parte de su carácter rural.

Pasas, algarrobas, vino, llata, aceite y otros productos sujetos a impuestos

Para comprender la importancia de este lugar hay que imaginar cómo era la economía de Xàbia antes de la expansión turística. La agricultura era una de las principales fuentes de riqueza de la localidad. Los carros transportaban cereales, aceitunas, uva, algarrobas y otros productos del campo que, en muchos casos, se dirigían a molinos, almazaras o instalaciones donde se elaboraba el vino. Y como no, entre los productos destacaba uno especialmente ligado a la economía de la Marina Alta: la pasa.

También circulaban productos elaborados por los artesanos locales, como los objetos realizados con llata, mientras que comerciantes y vecinos utilizaban las vías de comunicación con el interior de la comarca para trasladar mercancías hacia los mercados.

El paso por el Fielato permitía registrar las cantidades de determinados productos y aplicar los impuestos de consumos. Estos tributos gravaban distintos artículos que se introducían en las poblaciones y fueron durante mucho tiempo una fuente de ingresos para las administraciones locales.

En las inmediaciones de este punto de entrada, especialmente en las calles Sant Vicent y la Font, existían almazaras y establecimientos relacionados con la transformación agrícola, lo que convertía aquel entorno en una zona de constante movimiento de mercancías y se demuestra que aquel pequeño puesto tenía una función importante en la actividad económica diaria.

Los «consumeros»: los hombres que vigilaban las mercancías

Los encargados de controlar estos puestos eran conocidos popularmente como «consumeros», «fielatones» o «burots». Su trabajo consistía en comprobar las mercancías, registrar las cantidades declaradas y recaudar los tributos correspondientes. Pero el trabajo de los consumeros no siempre resultaba sencillo.

En el caso de Xàbia, Vicente Catalá Bover recoge el nombre de Vicente Marzal, conocido como «l'Anguerino», quien durante muchos años estuvo vinculado a la recaudación del impuesto mediante la adjudicación de este servicio. Los inspectores podían revisar carros, sacos, cestas y equipajes para comprobar que no se ocultaban mercancías.

El impuesto de consumos era poco popular entre la población y, como ocurría en otras localidades españolas, había quienes intentaban evitar su pago introduciendo productos sin declararlos. Esta práctica recibía el nombre de «matute».

Pero no solo se controlaban los productos que llegaban en los carros. La carne también estaba sujeta al pago de impuestos y su fiscalización tenía sus propias particularidades.

Según relata Vicente Catalá Bover, cuando se introducían animales como cerdos o corderos, el impuesto podía calcularse a partir del peso de la carne aprovechable una vez sacrificado el animal. Entre los empleados que desempeñaron estas tareas, el investigador recuerda a Cristófol, de la calle Nazareno, otro de los nombres asociados a aquellos antiguos controles.

Estas prácticas, hoy difíciles de imaginar, formaban parte de la vida cotidiana de una población en la que buena parte de la economía giraba alrededor del campo, la ganadería y el comercio de productos alimentarios.

Cuando llevar un pollo o un conejo podía costar dinero

El cobro de los impuestos de consumos dejó también numerosas anécdotas que hoy permiten comprender hasta qué punto estos controles formaban parte de la vida cotidiana.

El escritor valenciano Bernat Capó recogió algunas de aquellas situaciones en sus recuerdos sobre los antiguos fielatos. Los encargados de la recaudación, conocidos también como «burots» o «punxa-sàrries» (por la utilización de instrumentos puntiagudos para inspeccionar las cargas transportadas), podían registrar bolsas, cestas, maletas y cualquier recipiente susceptible de ocultar productos sujetos al impuesto.

Un conejo, un pollo, embutidos o incluso comida preparada por las familias podían convertirse en motivo de inspección. En ocasiones, los viajeros intentaban evitar el pago ocultando los alimentos, aunque no siempre conseguían pasar desapercibidos. Otra de las acciones que se llevaban a cabo para evitar el pago, era pasar el Fielato de madrugada.

Anécdota

Tanto Vicente Catalá como Bernat Capó recuerdan, en sus escritos, una escena relacionada con los desplazamientos de los xabieros a Valencia. Cuando el autobús de Venturo llegaba a la zona de la Creu Coberta de la ciudad valenciana, debía detenerse ante el Fielato para que los funcionarios comprobaran si los viajeros llevaban mercancías que declarar. Entre los productos transportados podían encontrarse gallinas, conejos o pichones destinados a familiares residentes en la capital.

La escena permite imaginar la incomodidad que suponían aquellos controles, especialmente cuando lo que se transportaba no tenía una finalidad comercial, sino que eran alimentos destinados al consumo de familiares.

Y es que, aunque hoy pueda resultar sorprendente, durante décadas llevar determinados productos de una población a otra podía implicar abrir el equipaje y pagar un impuesto.

Un lugar que también guarda recuerdos de la Guerra Civil

El entorno de El Fielato conserva además otra historia menos conocida, relacionada con uno de los periodos más difíciles del siglo XX. Durante la Guerra Civil española (1936-1939), Xàbia habilitó diferentes refugios antiaéreos para proteger a la población civil ante la amenaza de posibles bombardeos.

Entre los puntos donde se construyeron estos espacios de protección se encontraba también la zona de El Fielato, aunque no se ha podido determinar con exactitud su emplazamiento.

Así, este acceso al casco urbano no solo estuvo relacionado con la llegada de carros y mercancías, sino que también formó parte de las medidas de protección adoptadas por la población durante el conflicto.

El final de los impuestos de consumos y la desaparición de la caseta

Con el paso de los años, el sistema de recaudación fue cambiando. Los antiguos impuestos de consumos perdieron su función y las reformas fiscales terminaron provocando la desaparición de los fielatos, especialmente durante la primera mitad de la década de 1960.

En Xàbia, esta transformación coincidió con otros cambios que modificaron por completo la imagen del municipio. Los carros fueron dejando paso a los vehículos a motor, las carreteras se transformaron y la economía local comenzó a orientarse progresivamente hacia el turismo.

La pequeña caseta del Fielato acabó desapareciendo, pero su nombre sobrevivió. Y ahí reside el valor de conservar estos nombres populares. Son pequeñas huellas de la historia local que sobreviven incluso cuando los edificios que les dieron origen han desaparecido.

El Fielato ya no cobra impuestos ni controla la entrada de mercancías, pero continúa recordando una época en la que entrar en Xàbia era mucho más que cruzar una carretera.

Bibliografía

  • Escrito de Vicente Catalá Bover sobre El Fielato.
  • Libro 'Costumari Valencià / 3. Coses de Poble' de Bernat Capó.
  • Juan Bta. Codina Bas.
  • Fotografías antiguas: Fundación CIRNE del librito: 'Xàbia: de l'espai natural al terme urbanitzat'.
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