OPINIÓN | Juan Legaz Palomares
«Hola, bon día» son unas expresiones que, entre otras cosas, se usan en castellano y en valenciano para saludar. Tienen otro significado, pero no viene a cuento con lo que vamos a hilvanar hoy. En los pueblos, antiguamente, se saludaba a todo el mundo con el «buenos días», o «Bon dia», hasta que se impuso el «hola».
Salías a la calle: «buenos días», «Bon dia» por aquí, «buenos días», o «Bon dia» para allá, y el saludo se te gastaba de tanto repetirlo, entre otras cosas porque allí se conocía todo el mundo.
Yo tenía un amigo, muy importante, que saludaba a todo el mundo, lo conociera o lo desconociera, y él, tan ufano que estaba de que le contestaran casi todos, aunque había maleducados que no le correspondían. ¡Y no se enfadaba!
Pero, no sé por qué, el saludo se ha perdido. Lo han quitado de la circulación. Es una bestia prohibida, un demonio que corre entre callejones perseguido por auroros, ya casi nadie saluda. Son capaces de pisarte antes que saludarte. Es la poca educación que se va acabando como la llama del butano cuando cierras la bombona, o la vela, sin pabilo, o unos papeles a los que sopla el viento, o una colilla pisada contra el suelo.
Suelo sentarme en un banco en la playa de mi querida Xàbia, porque ya me canso, para recuperar fuerzas, porque la edad no perdona. Desde ese lugar oteo la playa, veo a la gente que pasa, el patinete que va a toda pastilla, la bicicleta que casi te atropella, los niños dando pelotazos en mitad de la calle, los perritos y sus dueños, que los sacan a pipí y a popó, algunos de los cuales, recogen las mierdecillas que sueltan. Pero hay otros y otras que, nanay de la China, no las recogen y las dejan para que las pisemos nosotros.
Y, de tanto calor, hasta las cotorritas y gaviotas huyen de las «ñordas», porque lo que les gusta es coger ramas de los árboles para hacer sus nidos en lo alto de los pinos y comerse todo lo que se les pone por delante.
Desde el banco se ve de todo y la gente se distrae. Hay algunos que se sientan en el muro y, desde allí, le cortan un traje al que pasa, es decir, critican, aunque son los menos. Otros se descalzan, ponen los pies en lo alto del banco y se desatascan las cascarillas que tienen entre los dedos, quedando algunos que se comen el bolsón de pipas, cuyas cáscaras tiran al suelo y luego lo echan la culpa a las cotorras.
Está la noche fresca, con un vientecillo que alegra la vida, jugando con la cara. Ya, en septiembre, queda menos gente aquí en Xàbia (se acabaron las vacaciones y ocio, toca trabajar) que, en una lámpara maravillosa, y pasan con cuentagotas delante tuya, sobre todo las parejas o los que aprovechan esta hora del día para hacer deporte.
Por cierto, yo creí que lo había visto todo en la vida. ¡Pues no! El otro día me sorprendió ver a un chino corriendo hacia atrás. Lo hacía bien y no se caía, pero el día que tope con el suelo, que lo recojan con pinzas. No lo van a poder recomponer ni con Loctite.
Qué pena que esta Playa tan bonita y cristalina de la Grava (mi playa preferida), con un aire tan limpio, tan puro, tenga algunos que fuman unos pedazos de puros que lo contaminan todo. Es que tragan el aire y lo expulsan con tal cantidad, que sale un chorro de humo tan grande como cuando el maquinista del tren del Oeste tocaba el pito porque se le atravesaba algún animalillo en medio de la vía.
Mire qué cosa tan rara, que me ha puesto a pensar hoy: una joven, acompañada de su madre y una amiga, ha dicho por su propia boca:
«¡Buenas noches!». «Buenas noches», «Bona nit» le he contestado. Por poco me da un síncope, porque en muchos años que ando por estos lares,
no me había saludado nadie sin conocerme. ¡Bravo por la chica y que cunda el ejemplo, que hace falta!






