OPINIÓN | Juan Legaz Palomares
En mis paseos matutino y vespertino por mi querida Xàbia, fijo especialmente la atención en los ancianos que me encuentro. Unos sentados en un banco frente al mar, y algunos caminando con bastón, andaderas… para disfrutar de las bellezas de la Bahía, además de oxigenarse, saludar y hablar con los amigos de toda la vida. Sin duda, es un buen medicamento pasear y encontrarse con personas mayores que, a pesar de sus enfermedades y problemas familiares, para ellas es un revulsivo de desahogo y tranquilidad que les estimula y les distrae. Dentro de que no soy nativo, me congratula cruzarme con muchas personas que me saludan por los años que nos conocemos, y con otras que nos une cierta amistad, charlamos unos minutos de nuestras cosas y manías viejunas y nos aguantamos mutuamente.

Tras recorrer el paseo marítimo de Xàbia en el Puerto, dedicado al pintor valenciano Joaquín Sorolla, y fijarme en las personas mayores con las que me cruzaba, me llegó una catarata de reflexiones (bajo las “musas” de un chiringuito, lo admito). El vino es siempre el mismo, pero, según los entendidos, cambia el sabor según el estado emocional del bebedor. El tiempo es siempre el mismo y corre a la misma velocidad, pero, según la edad del que lo vive, cambia su percepción. Cuando somos niños y adolescentes, sentimos que el tiempo se eterniza y deseamos hacernos pronto mayores. Y cuando somos viejos, el tiempo pasa a velocidades de vértigo, sin apenas sentirlo. Se nos escapa de entre las manos y vemos que se nos echa encima el final del camino. Algunos, al ver que se les van muriendo amigos y parientes, al constatar que se van quedando solos, se angustian y van mermando el interés que sienten por la vida.
En la percepción subjetiva está gran parte de la clave. Y digo gran parte, porque la realidad juega también un papel importante, ya que los achaques suelen ir produciendo un inevitable deterioro físico-mental que acompaña a la percepción del declive.
No queda más remedio que entrenarse en una serena aceptación del devenir personal para que el último tramo del camino no se convierta en desesperación y ansiedad. No hay que dejar que la melancolía y la nostalgia entren dentro de nosotros y se queden porque, una vez ya acomodadas, no hay quien pueda sacarlas y entonces la percepción del declive se acelera, con todo lo que ello implica en el estado de ánimo.
Para contrarrestar el efecto de la percepción de la velocidad del tiempo no queda otro camino que ver el que nos falta -como oportunidad de disfrutar lo máximo en lo posible- y vivir con intensidad la mayor parte de los momentos que podamos. Eso implica vencer la tentación de centrarse en el futuro breve que nos queda para centrarse en el pleno presente, aprovechando cualquier resquicio que nos quede de vitalidad, curiosidad, interés y algo de fuerza. Y resquicios siempre quedan, si se intenta buscarlos, aunque seamos mayorcitos. Y el verano está ahí para ayudarnos. Disfruten de todo lo que les ofrece este maravilloso pueblo de Xàbia. A mí me recauchutan estos paseos y me ahorran muchos quebraderos de cabeza. Por lo que, seguiré paseando y disfrutando de los placeres que nos brinda esta preciosa Bahía.





