Hay lugares que guardan historias que el paso del tiempo parece haber dejado atrás. El cabo de San Antonio es uno de ellos. Hoy es uno de los enclaves naturales más conocidos de Xàbia, un mirador privilegiado sobre el Mediterráneo, pero hace siete décadas era también el hogar de varias familias cuya vida transcurría entre el mar, el viento y el trabajo de vigilancia marítima.
Una de aquellas familias fue la de José Carmelo Fresneda Pujol, vigía del antiguo semáforo del Cabo de San Antonio. Su hijo, Julián Fresneda, conserva todavía los recuerdos de aquellos años. Recuerdos de una infancia diferente, de libertad, de juegos entre las rocas y de un padre que tenía la responsabilidad de observar el mar y comunicar lo que sucedía más allá de la costa.
Hoy, casi 70 años después, Julián abre el baúl de la memoria para contar cómo era vivir en aquel lugar y recuperar una historia ligada también a uno de los episodios meteorológicos más extraordinarios que ha conocido Xàbia: la riada de octubre de 1957.
Un nuevo destino frente al Mediterráneo
La historia de la familia Fresneda en Xàbia comenzó el 4 de octubre de 1956, cuando José Carmelo Fresneda fue destinado al semáforo del Cabo de San Antonio.
Nacido en 1910, había desarrollado su carrera en la Marina como sargento fogonero antes de prepararse para ejercer como vigía de semáforos. A los 43 años fue destinado al cabo de Bagur, en Girona, donde permaneció hasta su traslado a Xàbia. Su nuevo destino lo situaba en un emplazamiento singular, a unos 160 metros sobre el mar, donde las condiciones meteorológicas, las comunicaciones marítimas y la observación del horizonte formaban parte de la rutina diaria.
Allí coincidió con otros profesionales del semáforo, entre ellos Manuel Pacheco Fernández, que ejerció como jefe de vigías, así como con Antonio Quilis y con los fareros Arturo Salvatierra y José Garreta. Pero el semáforo no era únicamente un lugar de trabajo. También era un pequeño núcleo de convivencia, con viviendas para las familias de quienes desempeñaban sus funciones en aquel extremo del litoral.
Julián recuerda cómo la familia se instaló en el cabo y pasó allí largas temporadas, aunque durante aquellos años también residieron en el núcleo urbano de Xàbia y posteriormente en Dénia.
«Jugábamos junto al precipicio y no teníamos miedo»
Si algo permanece especialmente vivo en la memoria de Julián es la sensación de libertad que acompañaba a aquellos años. El Cabo de San Antonio era entonces un espacio muy distinto al que conocemos hoy. Los caminos eran más rudimentarios, la vegetación tenía otro aspecto y la vida se desarrollaba prácticamente en contacto permanente con la naturaleza.
«Jugábamos pegados al precipicio y sin miedo», recuerda Julián al hablar de su infancia. Los niños corrían entre las rocas, construían pequeñas barracas con ramas y cartones y pasaban horas al aire libre. No importaba demasiado que lloviera o que soplara el viento. Aquellos juegos, que hoy podrían parecer impensables en un entorno de acantilados, formaban parte de la vida cotidiana.
Y el viento era precisamente uno de los protagonistas de aquel lugar. Julián recuerda temporales de enorme intensidad, jornadas en las que el mar golpeaba con tanta fuerza los acantilados que las salpicaduras llegaban hasta lo alto. «Cuando había mucho temporal, las olas llegaban a salpicarnos, y eso que estábamos a unos 160 metros de altura», recuerda.
El privilegio de mirar el mundo a través de un catalejo
Uno de los recuerdos especiales de Julián está relacionado con el trabajo de su padre. El antiguo semáforo, ahora el edificio está abandonado, tenía una función fundamental para la navegación. Sus vigías recogían información meteorológica, observaban el tráfico marítimo y transmitían comunicaciones a los barcos y a los servicios correspondientes. Para ello utilizaban diferentes instrumentos de observación, además de sistemas de comunicación o las señales mediante banderas. Julián pasaba muchas horas acompañando a su padre en el observatorio y allí había algo que le fascinaba especialmente: el catalejo. «Tenía el privilegio de poder mirar por el catalejo. Para un niño de aquella época era algo excepcional y lo recuerdo con mucho cariño», explica.
El complejo disponía también de instalaciones meteorológicas, con pluviómetro, anemómetro, termómetro e higrómetro, instrumentos que permitían registrar la lluvia, el viento, la temperatura y la humedad del aire. Aquellas mediciones, realizadas desde un enclave expuesto a los temporales del Mediterráneo, adquirieron una importancia extraordinaria en octubre de 1957.
La riada de 1957: cuando las observaciones anunciaban algo excepcional
Apenas un año después de la llegada de José Carmelo Fresneda al cabo de San Antonio, Xàbia sufrió uno de los episodios de lluvias más intensos de su historia. Durante los primeros días de octubre de 1957, un temporal extraordinario descargó sobre el municipio cantidades de agua que provocaron una riada de consecuencias devastadoras.
Julián recuerda que su padre, acostumbrado a interpretar la información meteorológica que recibía en el semáforo, ya había advertido que la situación que se aproximaba no era normal. Los mapas meteorológicos hacían prever un episodio de gran intensidad. Y el temporal acabó confirmando aquellos temores.
Según el estudio meteorológico elaborado por AEMET sobre aquella riada, la estación de Xàbia acumuló 978 litros por metro cuadrado entre los días 1 y 3 de octubre de 1957, de los cuales 878 correspondieron a las dos primeras jornadas. Unas cantidades extraordinarias que transformaron el paisaje y dejaron graves daños en el municipio.
Hoy, uno de los documentos que permite reconstruir aquellas horas es el informe firmado por Manuel Pacheco Fernández, jefe del semáforo del cabo de San Antonio, que recoge la evolución meteorológica del 1, 2 y 3 de octubre. El parte describe cómo las primeras lluvias fueron dando paso a precipitaciones intensas, fuertes chubascos, viento y una visibilidad cada vez más reducida.
Durante la jornada del 2 de octubre, las anotaciones reflejan una sucesión de observaciones de lluvia fuerte y tormenta en un escenario meteorológico excepcional. El documento certifica 825,5 litros por metro cuadrado durante el mes de octubre en el observatorio del semáforo, una cifra que debe distinguirse de los acumulados obtenidos en otras estaciones del municipio. Además, el pluviómetro del cabo llegó a desbordarse durante el temporal, por lo que las mediciones históricas pueden no reflejar toda la precipitación que cayó realmente en aquel punto.
Aquel informe, conservado durante décadas, constituye hoy un testimonio documental de la magnitud del episodio y del trabajo de quienes vigilaban el tiempo y el mar cuando todavía no existían los sistemas tecnológicos actuales.
Una vida sin electricidad y con pequeños negocios infantiles
Más allá de la riada, los recuerdos de Julián permiten descubrir detalles cotidianos de una época que parece muy lejana. En aquellos años, la electricidad todavía no había llegado al cabo de San Antonio de la manera en que la conocemos hoy. Julián sitúa la llegada del tendido eléctrico entre 1960 y 1962, cuando comenzaron a instalarse postes y cables para modernizar las instalaciones de la zona.
Y aquella novedad también se convirtió en una oportunidad para los más pequeños. «Yo recogía los trocitos de cable que sobraban de las instalaciones y después los llevaba al trapero para ganar unas monedas», recuerda. Era una forma sencilla de conseguir algo de dinero en una época en la que los niños aprovechaban cualquier pequeño recurso a su alcance.
Otra de sus anécdotas está relacionada con la vegetación del cabo. Julián recuerda que entonces predominaban las chumberas, conocidas como figues de pala, cuyos frutos recogía, pelaba y vendía a los visitantes que llegaban hasta aquella zona.
La vida familiar también estaba organizada alrededor de las necesidades del trabajo y de la escuela. Mientras algunos de sus hermanos mayores ya trabajaban o estudiaban, los más pequeños compartían sus días entre las viviendas del semáforo, los caminos y el entorno natural.
Los cambios en el cabo: de la antigua ermita a las nuevas construcciones
Julián también fue testigo de las transformaciones que experimentó el Cabo de San Antonio durante aquellos años. Uno de los episodios que recuerda está relacionado con la antigua ermita de Sant Antoni y los terrenos adquiridos por Mariano Navarro Rubio, ministro de Hacienda entre 1957 y 1965.
Según relata, durante las actuaciones realizadas en aquella propiedad desaparecieron elementos antiguos del lugar, entre ellos las instalaciones que se utilizaban para lavar la ropa y parte de los restos vinculados a la antigua ermita. El testimonio familiar también recuerda la existencia de un aljibe, pilas, una estructura escalonada de piedra y restos de construcciones anteriores.
Para quienes habían conocido el cabo en su estado más natural, aquellos trabajos supusieron algunos de los cambios visibles de una zona que, poco a poco, empezaba a transformarse. Mejoraron los caminos y los accesos, dejando atrás parte del aislamiento que había caracterizado durante décadas la vida en el semáforo.
Julián fue testigo de aquella transición entre dos épocas: la de las familias que dependían de las señales marítimas, los caminos de tierra y la observación directa del tiempo.
Los años que permanecen en la memoria
José Carmelo Fresneda continuó vinculado al semáforo del Cabo de San Antonio hasta su fallecimiento en 1967. Su historia forma parte de la de aquellos profesionales que durante décadas observaron el Mediterráneo desde uno de los enclaves más singulares de Xàbia, atentos al viento, a las tormentas y a las embarcaciones que cruzaban el horizonte.
Pero para Julián, detrás de la figura del vigía está también el recuerdo de su padre y de una vida familiar que transcurrió en un lugar extraordinario.
La historia de la familia Fresneda recupera así una parte poco conocida de la memoria de Xàbia, o más bien una parte de aquella Xàbia que ya no existe. No solo la de una riada histórica, sino también la de quienes vivían y trabajaban en el cabo de San Antonio, cuando observar el mar era una profesión y crecer junto al acantilado significaba aprender a convivir con la naturaleza.






















