OPINIÓN
En 1940, el hambre dejó una de sus huellas más tristes en el litoral xabiero. Aquel año se dio caza al último ejemplar conocido de foca monje -el llop marí en valenciano- en el Cabo de San Antonio para aprovechar su carne y alimentar a varias familias de Jávea. En aquellos difíciles tiempos de posguerra, la necesidad podía imponerse incluso sobre la protección de una especie que durante siglos había formado parte del paisaje mediterráneo. Con aquel animal no desaparecía solamente un ejemplar, sino también una presencia habitual de nuestras costas.
Es cierto que la población de este mamífero, conocido como el rey del Mediterráneo, había menguado por la persecución indiscriminada de los pescadores xabieros y de otros lugares, con hachas, como en Alicante, o por causa de la pesca con dinamita de fuego, en el último tercio del siglo XIX y el primero del siglo XX, ya que suponía una amenaza constante a su sustento vital, la pesca. Ahora sólo nos queda una famosa cueva que recuerda su paso por la historia natural xabiera, pues en esos lugares tuvieron que refugiarse las focas monjes centurias atrás, por la presencia humana en las playas, hábitat de siempre, cambiando desde entonces sus costumbres.
La foca monje mediterránea -Monachus monachus- había ocupado históricamente buena parte del Mediterráneo. En las Baleares, su desaparición fue más reciente y estuvo vinculada principalmente también a la persecución directa. El propio Govern de les Illes Balears considera a la foca monje la especie cuya extinción en las islas es más reciente y señala que, desde entonces, el contexto para una posible recuperación ha cambiado; aunque la presión humana sobre el litoral ha aumentado, también se han creado espacios protegidos, entre ellos el Parque Nacional de Cabrera y diversas reservas marinas. En la cultura popular de las Pitiusas, se recomendaba en la época decimonónica, que una mujer con problemas en el parto diera a luz sobre la piel de una foca monje, y el pescador que tenía como colgante en el cuello un bigote de este anima, jamás perecía ahogado.
Desde hace décadas se estudia la posibilidad de que la foca monje -el vell marí en mallorquín- pueda regresar a nuestras islas orientales. En 1999 ya se realizó un estudio de viabilidad para su recuperación y, posteriormente, el ejecutivo autonómico aprobó en 2006 un anteproyecto de reintroducción. Aquellos trabajos planteaban la recuperación local de la especie dentro de una estrategia internacional de conservación y destacaban que su regreso contribuiría a la conservación de uno de los mamíferos marinos más amenazados del planeta.
En la actualidad, un documental de CaixaForum nos anima a conocer a la foca monje, su pasado, presente y, ¿por qué no?, su futuro… ¿Y nosotros? Bien podríamos pensar en la Reserva Natural del Cabo de San Antonio, ampliar esta protección geográfica, más si cabe, y, aprovechando que es un lugar de avistamiento de ballenas, completarlo y devolverle a la naturaleza parte de lo que le hemos arrebatado…








