OPINIÓN
Es una inmigración que no llega en patera. Llega con una escritura pública. No pide ayuda: compra el suelo. No se adapta al pueblo; es el pueblo el que acaba adaptándose a ella. Ningún xabiero ha votado dejar de ser xabiero, creo. Pero basta pasear por algunas zonas del centro histórico y por determinadas urbanizaciones para entender que el proceso ya está en marcha. Viviendas convertidas en activos financieros, comercios pensados para clientes de los Países Bajos y precios imposibles para quienes han nacido aquí.
La globalización tiene un rostro muy amable cuando viene acompañada de sonrisas, bicicletas eléctricas y jardines impecables. Pero detrás de esa postal hay una realidad mucho menos fotogénica: la expulsión silenciosa de quienes ya no pueden permitirse vivir en el lugar donde crecieron. Esto también es desplazamiento y también destruye identidad.
El Tossalet no fue exactamente lo que nos representaba como xabieros. Era un club al que podíamos acudir para algún evento, pero, sobre todo, un lugar de encuentro del veraneante español de los años setenta y ochenta. Pero también es cierto que daba trabajo a los de aquí y formaba parte de un modelo turístico mucho más sostenible: chalés en lugar de grandes bloques de apartamentos. Sin embargo, lo anunciado hace unos días lo convertirá en el buque insignia de la comunidad neerlandesa y en un caballo de Troya -que no nos pillará por sorpresa como al rey Príamo- al que tendremos que hacer frente.
Esta es una inmigración que llega en coches que cuestan más que muchas de las casas que levantaron nuestros abuelos. Este fenómeno no es visto por el Ayuntamiento como una amenaza; al contrario, parece celebrarlo. Son incapaces de ver que quienes llegan transportan fortunas capaces de alterar el precio de una vivienda, el alquiler de un local y el presente y el futuro de una generación entera. Y, curiosamente, de esa inmigración casi nadie habla.
Se nos pide celebrar cada chalé vendido como una victoria económica. Cada récord inmobiliario como un síntoma de prosperidad. Cada urbanización internacional como una prueba de éxito. ¿Éxito para quién? Muchos traen incluso a sus propios albañiles, decoradores y otros profesionales del norte de Europa. Nada que ver con la construcción de la urbanización El Tossalet, donde cualquier xabiero que allí trabajó, sabe la prosperidad que aquel proyecto proporcionó a muchas familias del pueblo.
Mientras algunos celebran las cifras, los hijos de Jávea buscan piso a cuarenta kilómetros. Los negocios de siempre cierran. Las casas familiares desaparecen tras reformas de lujo. El pueblo deja de ser un lugar donde vivir para convertirse en un producto que vender. Y, si seguimos por este camino, pronto cambiaremos los pasodobles y las marchas de procesión por otra música muy distinta.
No hay nada malo en venir de fuera. Lo preocupante es un modelo que convierte un municipio en un escaparate para quien puede pagar más, mientras quienes le dieron vida quedan relegados a espectadores. Y ese proceso, aunque llegue envuelto en jardines perfectos, coches de alta gama y compraventas millonarias, sigue teniendo un nombre: sustitución social. La diferencia es que esta vez casi nadie la denuncia, porque viene acompañada de notarios, inmobiliarias y copas de champán, en lugar de titulares alarmistas. Sí, hay que hacerles frente…








Jávea lleva acogiendo extranjeros de todo tipo (y todos lo fuimos alguna vez) desde hace décadas, pero lo de ahora se ha desbordado completamente y de una forma que nada tiene que ver con el respeto, cariño e integración que muchos practicaron (e incluso si se automarginaban en comunidades, no intoxicaban al resto).
El que más celebre participar del pelotazo verá cómo sus hijos, sobrinos o amigos son expulsados de la tierra que para ellos significaba mucho más que una isla colonizada como ven, por ejemplo, los holandeses a Jávea: te dicen que esto es suyo y construyen sus propios locales mientras te tratan con desprecio seas de donde seas.
No puede querer igual a una tierra quien la tiene como parque de atracciones que ha comprado a golpe de talonario o quien solo viene para comer y beber y tanto le da si es aquí o en Albacete, que quien se ha criado aquí y nota las huellas de sus padres y el origen de todo lo que vivió valioso en su pasado.
Esta ha sido una especulación sin vergüenza y sin criterio, sin siquiera un intento de resistirse o defenderse. Los de la talonera y los que vienen a traficar donde hay ricos están destruyendo (o han destruido) Jávea.