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‘Estamos de paso’, por Juan Legaz Palomares

Todos amamos la vida. Nadie quiere morir. Desde que el hombre existe está perfectamente claro que, nacemos y morimos. ¿Estamos realmente concienciados de estas condiciones? Sí, pero no.

No hay espacio suficiente en un artículo de opinión para desarrollar los criterios que permiten recoger la solución idónea en todos los casos posibles, en cada uno de los seres humanos. Pero sí, se pueden destacar algunos que constituyen los pilares para explicar nuestra extinción o desaparición de la vida terrenal. Si desde que el hombre habita en la tierra no hubiera muerto nadie, ¿cómo creen que sería la convivencia? ¿Nos hemos preguntado esto alguna vez?

Si ahora hay pobreza, miseria, avaricia, egoísmo, envidia… y una batería de inconvenientes que nos abocan a destruir al otro, por métodos más o menos sutiles, o con engaños legales, con apariencias cargadas de hipocresía y otros recovecos falsarios que utilizamos para derribar al prójimo… ¿se imaginan como sería nuestra situación inmortal en este mundo?

La naturaleza, la providencia, o Dios Creador -para los creyentes-, nos crearon, aunque nos moleste o no lo entendamos, yo diría que, con una sabiduría inigualable, para nacer y morir. ¡Ah!, y más misterioso todavía: del nacimiento se conoce una fecha más o menos aproximada de cuando puede acontecer, pero la muerte sigue sin avisarnos, y sigue sin resolverse ni el día ni la hora en el que llamará a la puerta. No respeta ni edad, ni riqueza, ni poder. Te toca a la puerta y te dice en silencio: “Te ha llegado la hora de dejar el mundo”. ¿Qué harían los poderosos, los adinerados… y otros aduladores arrimados al poder o a la riqueza si tuvieran la potestad de elegir, cuando y cómo deberían morir? ¿Se la endosarían a los pobres a los mendigos, o a quién? Ahí queda para la reflexión del lector.

Los pseudo argumentos tienen una base común: el cuestionamiento de, ¿por qué somos mortales? Todas las civilizaciones, todas las culturas, todas las filosofías, todas las religiones, antiguas o modernas han apelado y apelan a desmenuzarse el pensamiento para tratar de averiguar el misterio de la muerte.

El pensamiento humano se aferra a la vida. Históricamente el hombre se ha estrujado el cerebro, tratando de buscar o encontrar una explicación lógica a la desaparición terrenal (de una manera u otra, siempre ha intentado averiguar, por qué morimos, y tal vez, en los tiempos actuales con mucho más énfasis todavía), ya que disfrutamos de una serie de comodidades, privilegios y, como se dice vulgarmente, de “buena vida”.

Casi nunca se nos ocurre mirar atrás o, incluso a aquellos que viven en la más absoluta indigencia y carecen de los elementales servicios. En primer lugar, alimenticios (hambre, miseria, mortandad infantil…) y un largo etcétera,
privados de las prerrogativas que poseemos los habitantes del mundo occidental, o como solemos, mal llamar, “mundo civilizado”.

Esa cerrazón y ese apego a la vida y bienes terrenales, quizá nos debería colocar en una postura distinta. Más humana, más solidaria, dadas las extensas enseñanzas que hemos recibido de los siglos de historia de la Humanidad. Para ello, es fundamental educarnos en la cultura de que nos iremos a un mundo mejor, más feliz (aunque sea ficción), y así dirigir nuestros esfuerzos a perfeccionar nuestros defectos, e inclinar nuestros sentimientos hacia unos comportamientos más humanitarios.

¿O es que no hemos pensado que “estamos de paso”, y que estamos obligados a alcanzar las mieles de un mundo más feliz y glorioso? Cada cuál que lo aplique a su creencia, y así, el castigo será aplicado, según vuestras buenas o malas obras.

La Madre Teresa de Calcuta miraba a Jesús en la Cruz y, a través del sufrimiento de su imagen, se entregó por entero a los más necesitados. Jamás se fijó, ni exigió, ni preguntó a nadie por sus creencias religiosas, su color de piel o cualquier otra condición. Se volcó en procurar solucionar los problemas del semejante. Por eso, cuando murió, una inmensa muchedumbre, la reverenciaba al paso de su funeral. Personas de toda condición o creencia. Seguro que disfrutará de un mundo glorioso y eterno.

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