En medio de la polémica por la construcción de un nuevo colegio en Jávea, que previsiblemente comenzará su andadura en barracones, conviene detenerse un momento y mirar al pasado. No por nostalgia, sino por comprensión.
Durante las décadas del franquismo, municipios como Jávea afrontaban también carencias importantes: menos recursos económicos, menor desarrollo técnico y una población en crecimiento. Sin embargo, la respuesta institucional solía seguir una lógica clara. Cuando se construía una escuela, se hacía con vocación de permanencia. No eran soluciones provisionales, sino edificios sólidos, integrados en el entorno y pensados para durar generaciones.
Aquel modelo incluía además elementos hoy prácticamente desaparecidos, como las viviendas para maestros, muchas veces anexas a los propios centros educativos. La educación no se entendía como un servicio aislado, sino como parte de un sistema más amplio que incluía vivienda, comunidad y estabilidad. De forma paralela, también se promovían viviendas de protección oficial que contribuían a estructurar el crecimiento urbano de forma ordenada. Al mismo tiempo que se inaugura el Grupo Escolar ‘Vicente Tena’, se están construyendo o se han construido las Casas de Protección Oficial del Grupo Juan Ramos -Frechinal-, las de Aduanas -Grupo Bartolomé Ros- y Thiviers en los 70.
Nada de esto respondía a un modelo ideal -era un sistema centralizado, con muchas limitaciones-, pero sí revela una diferencia fundamental, se construía con intención de resolver el problema de forma definitiva.
Hoy, en cambio, Jávea se enfrenta a una situación paradójica. Con más recursos, más administraciones y mayor capacidad técnica, la respuesta ante la falta de plazas escolares vuelve a ser provisional. Los barracones, concebidos en principio como solución de emergencia, se han convertido en una herramienta habitual. Mientras tanto, el nuevo colegio -el sexto del municipio- sigue sin materializarse como infraestructura permanente y quizá toque a los xabieros pagar esos infames barracones.
El problema no es sólo material, sino también organizativo. Las competencias están repartidas entre distintas administraciones, lo que a menudo genera retrasos, bloqueos y soluciones intermedias. A ello se suma un crecimiento urbanístico que no siempre ha ido acompañado de la planificación necesaria en servicios públicos.
El resultado es visible. Alumnos que estudian en condiciones temporales que se prolongan en el tiempo, y una sensación creciente de que lo provisional se ha normalizado. Ya pasó con la ampliación del instituto del pueblo.
Comparar ambas épocas no implica idealizar el pasado, pero sí permite plantear una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que, con menos medios, se construyeran soluciones más duraderas, y que hoy, con más recursos, cueste tanto ofrecerlas?
Tal vez la respuesta no esté solo en el dinero, sino en la forma de planificar, priorizar y ejecutar. Porque, al final, una escuela no debería ser nunca una solución temporal.








Una metástasis del cancer que aqueja a la actual sociedad: el materialismo se impone y los valores morales se arrinconan. La docencia debería considerarse un pilar social e invertir, generosamente, en ello fundamental y me atrevo a decir que muy rentable, porque se trata, ni más ni menos, que de la preparación de las personas que regiran el futuro: un niño bien formado equivale a un hombre capaz y el carente de formación puede derivar en un delincuente. Cuidar al maestro y correspoder merecidamente al potente valor que encierra su vocación, debería ser, más que una obligación, un acto de justicia obligatorio. Invertir en la escuela, el fácil y agradable acceso a ella, el ambiente, su entorno y todo lo que gire alrededor de la docencia es de rentabilidad asegurada. Y a corto plazo.