OPINIÓN | José Font Caballero
Con Mercosur aniquilando lo que queda del campo español, ahora le toca el turno a la pesca. No es nueva esta guerra que están librando nuestros pescadores contra la burocracia de Bruselas. Van ya demasiadas batallas y, en cada una de ellas, se dejan ilusión, esfuerzo y mucha energía sin que nadie dentro de nuestras fronteras realmente les apoye, ya que la defensa efectiva de nuestros políticos ni está ni se le espera…
En la Antigua Roma ya se legisló contra los pescadores de sus provincias. El Mare Nostrum dejó de ser un espacio común para convertirse en territorio regulado desde el poder. Plinio el Viejo lo denunció sin rodeos en su Historia Natural: «Humana avartiae mare ipsum exhauserit» -la avidez humana ha agotado incluso el mar-. No hablaba de pescadores humildes, sino de intereses superiores que convirtieron la naturaleza en cifra, impuesto y mercancía.
Dianium -la actual Dénia- fue algo más que un puerto local. Se convirtió en una pieza estratégica del engranaje imperial, un nexo logístico entre Hispania y Roma. Desde sus muelles -como los del Portichol- salían ánforas de vino, aceite… y, sobre todo, productos del mar: pescado salado, garum, conservas que alimentaban a ciudades situadas a cientos de millas náuticas.
La pesca dejó de responder únicamente a las necesidades locales. El Estado imperial organizó, fiscalizó y priorizó la producción. Los caladeros pasaron a estar controlados por concesiones, los impuestos gravaron la captura y el pescador dejó de decidir cuándo y para quién faenaba. El mar seguía allí, pero ya no pertenecía a quien lo trabajaba.
Hoy, las restricciones europeas se presentan en nombre de la sostenibilidad, de la ciencia y del futuro del Mediterráneo. En época romana se hablaba de abastecimiento, de orden, de interés común. El discurso cambia; el mecanismo se repite. En Roma, el ius piscandi -el derecho a pescar- dejó de ser una costumbre para convertirse en una licencia. Hoy, el calendario de días permitidos, las vedas y las cuotas cumplen una función parecida. El oficio ya no se ejerce por tradición, sino por autorización, tomándose las decisiones demasiado lejos de los puertos, peligrando el pan de nuestros pescadores, una identidad como pueblo, la transmisión generacional -la tradición- y una forma de vivir, la del mar, quizá la más dura.
Los pescadores de Jávea, Dénia y Calpe van a salir otra vez a protestar porque ya no pueden trabajar. No porque el mar esté vacío, sino porque alguien ha decidido que no pueden salir a faenar y, si lo hacen, los protocolos son tantos y tan ridículos cada vez que salen a la mar y llegan a puerto que hacen imposible una labor correcta. Estamos en manos de los enemigos de la gente, porque usted, querido lector, tampoco podrá ir a pescar con sus padres o con sus hijos sin los permisos y reportes oficiales. Europa lo llaman…







Resulta casi tierno el esfuerzo por buscar paralelismos en la Antigua Roma para justificar un cabreo actual, pero el problema de su artículo, señor Font, es que se ha inventado usted una suerte de «Unión Europea de sandalias» que nunca existió. Afirmar que en Dianium el Ius Piscandi era una licencia burocrática parecida a la de Bruselas es, sencillamente, una fantasía histórica. En el derecho clásico, el mar era res communis omnium, algo de todos por naturaleza. No había inspectores imperiales contando los kilos de gamba en el muelle ni limitando los días de esfuerzo pesquero. Forzar la historia para que le cuadre el discurso es el primer paso para que nadie le tome en serio fuera de su círculo de confianza.
Peor aún es el uso que hace de Mercosur como «asustaviejas» profesional. Mezclar un tratado comercial con Sudamérica, que afecta principalmente a la carne de vacuno o a los cítricos, con las restricciones de pesca en el Mediterráneo es de una pereza analítica preocupante. A los pescadores de Jávea o Calpe no les arruina el pescado argentino —que ni llega ni se le espera en sus lonjas—, sino un Plan Multianual interno de la propia Unión Europea. Usar Mercosur como un comodín para todo lo que le molesta demuestra que no ha querido usted molestarse en entender la raíz técnica del problema, prefiriendo el eslogan fácil a la verdad incómoda.
Pero lo más grave es su negacionismo biológico al asegurar que el mar «no está vacío». Decirle eso a un sector que está en la UCI es de una deslealtad absoluta. Negar que el Mediterráneo sufre una sobreexplotación crítica no ayuda a los pescadores; los condena a una ceguera que impedirá cualquier solución real. Al final, su defensa de la tradición se queda en un brindis al sol: si para proteger a los marineros tiene usted que mentirles sobre la biología, ignorar la geopolítica y distorsionar la historia, no les está haciendo un favor, solo está alimentando una nostalgia que, lamentablemente, no llena las redes
Amén!!!
Agradezco el tiempo y la vehemencia dedicados a comentar mi artículo, aunque convendría separar el énfasis retórico del rigor que se me exige y que, con el mismo criterio, debería exigirse a quien replica.
Nunca he sostenido la existencia de una “Unión Europea de sandalias”, expresión ingeniosa pero enteramente suya. El paralelismo con Roma no pretende equiparar estructuras administrativas, sino recordar algo bastante elemental para cualquier historiador del derecho: que el mundo romano conocía límites, conflictos y regulaciones en el uso de bienes comunes, incluidos los recursos marítimos, cuando su explotación dejaba de ser inocua. El mare como res communis no excluía -ni en teoría ni en la práctica- ordenaciones locales, usos consuetudinarios y restricciones motivadas por interés público. Convertir una analogía histórica en una caricatura facilita la burla, pero no refuta el argumento.
Respecto a Mercosur, lamento que se reduzca mi mención a un “asustaviejas”, cuando el objetivo era señalar una realidad política evidente: la creciente asimetría entre las exigencias regulatorias impuestas al productor europeo y la apertura comercial a productos sometidos a estándares distintos. Nadie ha afirmado que el pescado argentino se subaste mañana en las lonjas de Jávea; sí que el sector primario europeo -también el pesquero- percibe una política comercial que suma presión por arriba y competencia por abajo. Ignorar esa percepción, por molesta que resulte, es una forma muy cómoda de análisis técnico.
En cuanto al estado del mar, no niego la sobreexplotación ni la necesidad de gestión sostenible; niego algo distinto: la simplificación moral que convierte cualquier discrepancia sobre las medidas adoptadas en “negacionismo biológico”. El debate no es si el Mediterráneo tiene problemas -los tiene-, sino si las soluciones aplicadas están social, económica y ecológicamente bien calibradas. Confundir esa discusión con una supuesta deslealtad al sector es un recurso emocional que sustituye al razonamiento.
Defender a los pescadores no es mentirles, pero tampoco lo es repetirles sin matices un discurso tecnocrático que descarga sobre comunidades concretas el coste íntegro de políticas diseñadas lejos de sus puertos. Si cuestionar analogías históricas, decisiones comerciales o planes de gestión equivale a “no tomarse en serio” el debate, quizá el problema no sea la nostalgia ajena, sino la escasa tolerancia a la discrepancia propia.
En cualquier caso, agradezco el intercambio: siempre es útil comprobar que, incluso cuando se discrepa, hay quien prefiere el ingenio descalificador al contraste sereno de argumentos.
Ole!
Agustet hay un poco de texto en su resentimiento! Has sido alcalde de Xabia por casualidad? XD
Gracias por tus líneas. De verdad me encanta leer un poco de historia y aprender…
Es triste saberse en esta situación donde van a apretar tanto la soga, que un día, puede ser, este gremio no sea más que un recuerdo del pasado. O de empresas gigantes o grandes, que sí tienen la suerte de poder actualizar sus barcos para seguir con ello.
Molt ben dit i senyor Augusto, el sr Font el que fa es un paralelisme no una doctrina històrica per a defendre un gremi maltractat per les institucions espanyoles i europees. Si vol vosté sentar càtedra, ja sap a on pot anar. De fora vindrán…