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Vicente Escrivá y la raya invisible en el mar de la memoria

OPINIÓN | José Font Caballero

Dentro de la lista de artistas proscritos, aquellos que por decisión propia o por la inercia de la historia quedaron en los márgenes del reconocimiento, destaca la figura poliédrica de Vicente Escrivá Soriano (1913–1999): escritor, guionista, productor y cineasta. De él recordamos fragmentos inconexos, anécdotas dispersas que flotan en la memoria colectiva: su casa Hemeroscopea frente al Asilo, su prolífica carrera cinematográfica, las célebres comedias televisivas como Manos a la obra o ¡Lleno, por favor!. Pero detrás del cineasta popular y del hombre de industria, hay un autor literario de una profundidad sorprendente, casi desconocido: el autor de Una raya en el mar.

Una raya en el mar es, ante todo, una autobiografía velada -una autobiografía con alma de paisaje- escrita con la sutileza de quien disfraza su verdad en la ficción. El verdadero protagonista no es sólo su alter ego narrativo, sino Jávea, la villa marinera que lo vio crecer, convertida aquí en paraje simbólico y en personaje vivo. En literatura se denomina paisaje-personaje a esta forma de narrar donde el entorno respira, siente y determina el destino de quienes lo habitan. Escrivá consigue que Jávea -su luz, sus calles, el rumor de las barcas, la vida costumbrista de principios del siglo XX- se convierta en espejo de una España aún convaleciente del Desastre de 1898.

La prosa de Escrivá es de una excelencia sublime, de esas que no necesitan artificio. Escribe con la serenidad del que recuerda y con la nostalgia del que sabe que el tiempo no vuelve. Hay en sus páginas una ternura por lo cotidiano, una mirada que ennoblece la sencillez de la vida xabiera, sin idealizarla. Su Jávea no es postal ni refugio turístico: es el latido íntimo de una infancia, que aún siendo dura, se resiste a morir.

Resulta lamentable que Una raya en el mar sea hoy una obra casi desconocida, incluso en los centros educativos de nuestro propio pueblo. No se estudia en secundaria ni en bachillerato, a pesar de su calidad literaria y de su valor como testimonio histórico y emocional. Quizá su ausencia se deba al tabú que rodea a Vicente Escrivá, a la leyenda negra que arrastra por su pasado falangista, una filiación política breve, pero suficiente para condenarlo al silencio en determinados ámbitos culturales.

Esa censura moral, heredera de viejas heridas, ha impedido que se valore su obra con objetividad. Se le juzga por su biografía y no por su literatura. Así, su “raya en el mar” se convierte en una metáfora amarga: una línea de división entre el arte y el prejuicio, entre la memoria y el olvido.

Conocí este libro gracias a mi añorado amigo Manuel Bas Carbonell, gran bibliófilo y guardián de tesoros literarios. Poseía una edición príncipe -una de las apenas cinco que se imprimieron- dedicada nada menos que al presidente de la República Dominicana. Me la prestó para la exposición que organicé en honor a Ramón Llidó, con motivo del centenario del nacimiento de este ilustre xabiero. Aquella edición llevaba el sello de la editorial Hemeroscopea, fundada por Escrivá y Llidó, dos amigos unidos por la pasión del cine y los libros.

Reivindicar Una raya en el mar no es solo un acto de justicia histórica y justicia literaria, sino también un gesto de reconciliación con nuestra propia historia. En tiempos donde la memoria se reescribe según modas o ideologías, rescatar a Vicente Escrivá es reconocer que la cultura, como el mar, no tiene dueño…

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