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‘Un besito perdido’, por Juan Legaz Palomares

25 de diciembre de 2020 - 07:11

Me sumí en un sueño profundo sin conocer cómo sería mi despertar. Perdí la noción del tiempo sin que fuera capaz de encontrar alivio a la desastrosa situación que padecen muchos seres humanos en nuestro planeta (faltaba la traidora pandemia). En mi sueño, comenzó a aparecer la imagen de un niño que buscaba afanosamente un cariñoso y dulce beso que le había estampado en su mejilla su querida mamá. Recorría desesperado calles, plazas de pueblos y ciudades de todo el mundo, tratando de encontrar su besito perdido.

El niño, desorientado, comenzó a deambular por todos los pueblos de la Tierra, intentando hallar el besito de amor que se le había perdido. Persistía con entusiasmo en la búsqueda de ese gran tesoro que había volado y que desconocía el lugar donde podría haberse ubicado.

La luz de una estrella brillante le iluminó y le fue sirviendo de guía por los rincones más recónditos, extraños, desconocidos, ignorados, olvidados y hasta despreciados. Tropezó en un primer momento con un mendigo desarrapado y famélico. A continuación, tras seguir caminando y guiado por la mágica luz de la estrella, aparecieron: marginados, desahuciados, los sin techo, hambrientos, los que dormían en la calle amparados entre cartones o por una manta raída, los descarriados por las drogas o el alcohol, las víctimas de la violencia.

Niños huérfanos, descalzos, famélicos, sin familia, sin atención sanitaria y sin colegio, mujeres maltratadas y un sin fin de desgracias de todo tipo y pelaje. La gente pasaba rápida, absorbida por las preocupaciones mundanas, por egoísmo o por el jolgorio festivo, sin reparar ni por un instante en pensar aliviar a alguna de aquellas personas que sufrían ese trágico drama, esa angustia que posiblemente hubiera remediado su desgracia con un amable saludo, o con tan solo percibir una pequeña atención, una sonrisa o una palabra agradable.

Ante este espectáculo dantesco, se abrió una pequeña puerta de esperanza. He aquí la sorpresa de este humilde, sencillo y dulce niño. Su voluntad y su insistencia fueron premiadas. La felicidad iluminó su corazón y su rostro brillaba más que el mismo sol, porque apareció un espectacular resplandor en el firmamento que mostró una enorme imagen en la que se manifestaba que su besito perdido estaba vivo en el corazón de todos aquellos marginados que había hallado en su largo recorrido en el que había visitado y consolado, a aquellos que eran despreciados por sus
propios hermanos.

Me desperté. Este anhelado besito perdido el niño lo encontró en todas esas personas que, por una u otra circunstancia, vivían abandonadas y olvidadas por una buena parte del resto de la Humanidad. Su gozo es inenarrable. Si no lo han adivinado el niño que buscaba el besito perdido era el Niño Jesús, y el beso de Amor era de su Madre, la Virgen María.

¿Cómo afrontamos esta extraña nueva Navidad que nos ha obligado a modificar el coronavirus privándonos del cariño, de los encuentros familiares, de los abrazos y besos de los seres queridos? ¿Encontraremos el besito perdido?

¡Ojalá! ¡Feliz Navidad!

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