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«Turismo sin freno: crónica de una identidad en peligro»

OPINIÓN | José Font Caballero

El año pasado publiqué en mis redes los problemas derivados del turismo feroz. Aquí os dejo algunos conceptos para que entendáis a qué nos enfrentamos cada verano en nuestra querida ciudad.

El primer concepto es el turismo, que, según Arthur Bormann, es el conjunto de viajes realizados por placer, por motivos comerciales o análogos, durante los cuales la ausencia del lugar de residencia habitual es temporal. Sus orígenes se remontan al siglo XIX, aunque ya en la Roma antigua o en la Edad Media existían viajes de índole turística, como las peregrinaciones.

En España, el turismo se institucionaliza en el siglo XX, en pleno régimen franquista, como consecuencia del desarrollismo y la apertura internacional. Pero el día exacto en el que nace el turismo en nuestro país es cuando el alcalde de Benidorm, Pedro Zaragoza Orts, viaja en moto hasta el Palacio de El Pardo para decirle al general Franco que en sus playas habrá turistas en bikini, y que ni la Iglesia ni la censura lo van a frenar.

Jávea se llena, en los años 60, de turistas procedentes de Madrid, Valencia, Bilbao, Francia, Inglaterra y Alemania, principalmente. Muchos de ellos harán de nuestra ciudad su segunda residencia, e incluso su hogar definitivo, lo que supondrá un motor económico brutal para una villa eminentemente agrícola.

El modelo de chalet triunfa, generando empleo: herreros, albañiles, carpinteros, tosqueros, jardineros, fontaneros, electricistas,…

Los comercios se nutren de este residente ocasional que compra vajillas, televisores, neveras, cortinas e incluso algún piano. Los hosteleros se reinventan y ofrecen gastronomía de calidad. Es el turismo que se mimetiza con el entorno y sus costumbres, creando una simbiosis perfecta. El autóctono y el viajero comparten e intercambian servicios y experiencias, velando juntos por el pueblo.

El segundo concepto es la turistificación, un término que todavía no recoge la Real Academia Española, pero que se conoce como el proceso por el cual un lugar se transforma para adaptarse a las necesidades y demandas del turismo de masas. Este proceso provoca cambios en la infraestructura y en el uso del suelo para construir más establecimientos hoteleros y de ocio, desnaturalizando así los barrios o zonas residenciales autóctonas, que ven cómo su idiosincrasia se pierde.

Con la turistificación también suben los precios de la vivienda, de otros bienes, de los servicios y de los alimentos. Además, se anula de manera paulatina la cultura y la tradición —por ejemplo, en la gastronomía—, y otros fenómenos culturales se adaptan o simplifican para el consumo del turismo masivo.

En Valencia, por ejemplo, la turistificación ha provocado la desaparición de muchas tiendas de barrio, sustituidas por bazares de souvenirs donde los miles de turistas que llegan en crucero entran para comprar el correspondiente imán o llavero… y no se dejan un euro más en nada.

En Jávea tenemos varios modelos claros para identificar la turistificación. Por un lado, está el turista de bolsa de supermercado, que llega a la playa a las seis de la mañana y por la tarde regresa a su lugar de origen, influenciado por las redes sociales y el ‘me gusta’ fácil. Por otro lado, están las manadas de turistas que se concentran en chalets y apartamentos turísticos, generando ruidos, molestias, fiestas de 24 horas y basura por doquier. Y, finalmente, los turistas con poder adquisitivo descomunal, que compran villas valoradas en millones de euros.

El Plan General de Ordenación Urbana del municipio xabiero tampoco ayuda a atajar el problema de la turistificación, ya que se siguen construyendo apartamentos y casas sin tener en cuenta la presión que sufre la ciudad en cuanto a agua, luz, sanidad y otros servicios básicos.

La gentrificación es el tercer concepto digno de estudio dentro de la problemática actual de nuestro pueblo. Se trata de una fase derivada de la turistificación, que transforma la demografía de los barrios y zonas residenciales en declive por la llegada de residentes y negocios con mayor poder adquisitivo.

Estos lugares experimentan mejoras en los servicios y en la infraestructura, pero ello obliga a los residentes autóctonos a desplazarse debido al encarecimiento del coste de vida.

En la actualidad, este fenómeno se da sobre todo en las ciudades, y las personas más vulnerables —como los ancianos o las familias de clase media— son reemplazadas por nuevos residentes extranjeros con un nivel de vida más alto. Atraídos por la arquitectura y la singularidad de la zona, invierten en inmuebles para convertirlos en viviendas turísticas, negocios de lujo, cadenas comerciales y similares, acelerando así la desaparición de tiendas locales y familiares: los comercios de toda la vida.

Esta sustitución no es solo económica y social. La cultura también va desapareciendo, porque los nuevos residentes, en la mayoría de los casos, tienen estilos de vida y valores diferentes.

En Jávea, la gentrificación todavía es sutil. Los poderosos holandeses llevan tiempo adquiriendo propiedades en el casco histórico —algunas muy emblemáticas— para transformarlas en negocios lucrativos orientados al turismo de masas. Es cierto que muchas de esas casas están deshabitadas y en condiciones pésimas, pero en menos de diez años, las calles del centro del pueblo estarán llenas de pisos turísticos en antiguas casonas, y ya no quedará nadie autóctono: solo turistas de paso, ajenos por completo a nuestras tradiciones.

¿Vamos a convertir nuestra villa en un parque temático, para que gente sin ningún tipo de arraigo xabiero observe con desdén los pasacalles de Fogueres, por ejemplo? Abro debate…

Para finalizar, os dejo el cuarto concepto: la turismofobia, que no es más que el rechazo, hastío y hostilidad que sienten algunos autóctonos hacia el turismo masivo en sus ciudades, pueblos y parajes.

La turismofobia nace como reacción a los impactos negativos que la sobreexplotación turística tiene en la vida diaria, el entorno natural, social, cultural y económico de una determinada comunidad.

Este fenómeno —que puede adoptar formas más o menos agresivas, dependiendo del grado de popularidad y masificación del destino— ha ganado visibilidad en numerosos lugares donde la turistificación ha crecido de forma atroz, generando tensiones significativas que incluso han sido recogidas por la prensa internacional, especialmente en la costa mediterránea.

El turismófobo no nace, se hace. Un turismófobo suele pasar por tres estadios:

  • La indignación. Comprobar el daño que causan las manadas de gente en nuestras calas y bosques, y ver cómo la feroz construcción acaba con el paisaje, la flora y la fauna.
  • La frustración. Constatar que la pasividad de los políticos de antaño —y también de los actuales— ha provocado una gran degradación ambiental.
  • La acción. Manifestarse públicamente mediante artículos, pancartas o megáfonos, para concienciar a la ciudadanía y exigir políticas valientes que eviten la aniquilación del entorno y del encanto singular de la zona.

¿En qué estadio os encontráis vosotros? Me gustaría leer vuestros comentarios…

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Deja un comentario
  1. Enric dice:

    En el de la acción,sin duda.Gracias buen artículo.

    • Trasnochado dice:

      Turismo no, que perdemos la identidad de los barrios y suben los precios de la vivienda!

      Mejor importar y subvencionar a un millón de Mohameds y Oswaldos.

  2. SNORKEL dice:

    Yo estoy en la fase de: No me puedo creer que entre todos, estamos matando la gallina de los huevos de oro.