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‘Por bien de la salud’, por Juan Legaz Palomares

Levantarse por la mañana temprano, apenas asoma el sol y emite sus rayos benéficos por la pantalla del este, del Cabo de San Antonio, vestirse, coger la “furgoneta” de tres ruedas, ecológica, y enfilar el carril bici en busca de
la panadería, mientras la brisa marina, débil, te da en la cara, es un placer.

¡Háganlo! ¡Cojan el triciclo!, y recorran en paz toda la orilla de la mar, empezando por el Puerto, siguiendo por la Playa de La Grava, Montañar y finalizar el recorrido en el Parador Nacional y Playa del Arenal.

Pedaleo casi solo por el carril, debidamente señalizado y protegido ahora contra intrusiones de vehículos, y tengo que tener cuidado con no chocar contra las rocas, contra las farolas o algún árbol que se divisa en la vía, peligrosamente, mientras voy quemando calorías y contando los pasos para que ningún despistado me lleve por delante al cruzar por la calle.

Me bajo en el paso de peatones que me lleva a la panadería, y ato la “burra” debidamente, no sea que se vaya con otro, y me deje tirado. Entro en la panadería, un sufrimiento con tanta dulzura en las vitrinas que no se pueden comer por aquello del azúcar, pero sí se pueden ver y oler sus fragancias de olor a recién hecho.

Aprovecho que me quedan unos cuantos clientes delante para echar un poco de cháchara con un hombre que espera como yo a que le sirvan el pan, recién amasado, que no de masa congelada de muchos días y con aditivos no muy buenos para la salud.

Dice tener 66 años, que se encuentra muy bien, pero algo aburrido, y no sabe ya qué hacer para distraerse, pero hoy lo tiene ocupado porque le va a hacer a su mujer un arroz a banda, y me pregunta a mí por la edad que tengo, y cuando se lo digo, no se lo cree. Porque yo nunca he fumado ni he bebido y sí que he comido sano y he hecho deporte cada día. Y me dice que él, si no fuera por el tabaco, que lo trae de cabeza y no lo puede dejar, estaría tan bien como yo, y con muchos menos años, pero se cansa al subir cuestas y escalones, con esa tos que lo persigue como Hacienda a los defraudadores, y no le tiene respeto incordiándole a cualquier hora del día.

Pero me recalca, es que Xàbia tiene un don especial que nos da vida, y vida en abundancia. Es que Xàbia recauchuta. En ella rebrota la salud como ramilletes de los naranjos con olor a azahar que invaden el aparato respiratorio y avivan el corazón. Sin embargo, no me atrevo a decirle que lo deje -el tabaco-, quizás otro día cuando ya me conozca bien. Me acuerdo de aquel abuelito de 95 años que fue a comprar una carta para escribirle a su hijo. La tos no lo dejaba en la librería: “Si no viviera en Xàbia ya estaría criando malvas. Pero, me voy a tener que quitar del tabaco”, dijo.

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