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«Pido un virus de la risa» por Juan Legaz Palomares

04 de octubre de 2020 - 00:42

Esta inesperada pandemia del Covid-19 nos ha venido a rememorar, con gran sorpresa, cómo aparecen virus por doquier. Desgraciadamente el mundo está infectado de miles de virus, de todo tipo y pelaje. Por suerte, no todos son mortales, pero la mayoría son temibles, destructivos y suelen atacarnos por sorpresa y, algunas veces, con simulación o engaño torticero. Engaño y falacia con la que nos engatusan los prepotentes y malévolos humanos que, con artimañas infames e inhumanas, pretenden (y lo consiguen con bastante frecuencia) encantar a sus propios semejantes para someterlos a su libre albedrío.

Pero, no quiero desviarme del tema fundamental y vírico. De cómo los virus destruyen nuestra convivencia social, económica, cultural, familiar, festiva…, integrándose en nuestro organismo para desesperarnos y trastornar nuestro
normal funcionamiento. Y tienen la ingrata habilidad de ser invisibles y resistentes -en su mayoría- a los tratamientos farmacológicos.

Nos desesperan, nos castigan sin piedad y nos roban la alegría y la felicidad. Con su invisibilidad atraviesan los tejidos y se infiltran en nuestro entramado celular hasta llegar a las vísceras y a todos y cada uno de los aparatos que componen nuestra excelente estructura fisiológica y anatómica. Se ensañan y fijan su malignidad en uno o varios órganos, y para más “inri”, casi siempre se ceban con los más débiles (principalmente con los mayores o aquellas personas que padecen alguna patología crónica).

El contagio de los virus es imprevisible. Nos atemorizan porque se filtran y ubican en nuestro organismo sin pedir permiso y alteran el funcionamiento lógico y normal de todo nuestro cuerpo.

Los virus existen desde que el hombre está sobre la tierra y hemos sufrido su crueldad en diferentes épocas. En algunos casos con el sufrimiento de mucha mortalidad. Desde hace tiempo conocemos algunos de los más agresivos: Gripe, Ébola, VIH (Sida), y ahora, viene y aparece como un terremoto inesperado con nocturnidad y alevosía, el coronavirus. Azote de nuestras vidas. Que nos aflige, nos ahoga, nos asfixia, no solo el aparato respiratorio, sino nuestros sentimientos e incluso en muchos casos, deja secuelas que no se olvidan, físicas y psíquicas.

Yo reclamo, pido, un virus nuevo: “La Risa”. Que nos inocule un virus que nos llene el cuerpo de carcajadas y elimine las penas y las tristezas, ¿es pedir demasiado? Que el mundo ría en paz, tranquilo, sin prisa, sin odios ni rencores, que nos contagie de alegría, de buen humor y vivamos riendo a mandíbula batiente hasta en las adversidades. Un virus que se apresure y venga rápido, que sea visible, que inunde toda la tierra y a todos los seres humanos que la habitamos.

Porque la risa sea siempre primero. ¡Jajaja!

Juan Legaz Palomares

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