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«Nostalgia de Jávea»

Avantcem

23 de noviembre de 2025 - 07:39

OPINIÓN | Juan Legaz Palomares

Yo, no solo echo de menos el pasado mi querida Jávea, sino el optimismo por el futuro. Esa ingenua confianza en que la ciencia y la educación harán del mañana un lugar mejor, una Jávea brillante, excelsa, exuberante y plena de paz y felicidad.

Antes, el futuro era un sitio al que todos queríamos ir. Un lugar luminoso, lleno de coches voladores y robots que nos prepararían la cena. En los años sesenta, los niños queríamos ser astronautas, hoy sueñan con ser famosos. Mirábamos al año 2000 con reverencia, convencidos de que allí empezaba la vida moderna. Ahora el 2050 se nos aparece como una cita con el dentista, inevitable, pero dolorosa. Lo que ha cambiado no es el futuro, sino nuestra relación con él. Para mí, el futuro consiste en vivir y morir abrazado por Jávea.

Durante décadas, el progreso científico era sinónimo de optimismo. Las vacunas, la llegada a la Luna, los primeros ordenadores o internet parecían pruebas de una humanidad invencible. Incluso las catástrofes, Chernóbil o la menguada capa de ozono, se veían como pequeños contratiempos técnicos. Pero en algún momento el entusiasmo se evaporó. El futuro, que era una promesa, empezó a sonar a advertencia.

Quizá el desencanto comenzó con el cambio de siglo, y sucesos como el de las Torres Gemelas, la crisis financiera o la pandemia. Una sucesión de sustos que nos enseñó que el mañana no siempre era mejor que el ayer.

Por cada avance que nos facilita la vida, aparece otro que la complica. Tenemos teléfonos que traducen en directo cualquier idioma, pero la gente se insulta en todos ellos. Las redes nos conectan como nunca, pero no nos escuchamos. Entonces, ¿habrá algo más delirante que tumbarse en una buena hamaca en la orilla de mi querida Playa de la Grava de Jávea sentir el golpeo de las olas y exponerte a que te bañen los pies sus cristalinas y sanas aguas, mientras las gaviotas revolotean y sobrevuelan el entorno? Pues, no.

La ciencia, que antes generaba admiración, hoy provoca más bien ansiedad. Vivimos en la era del «por si acaso». Por si la vacuna tiene algo raro, por si el coche eléctrico explota, por si el robot se enamora o decide exterminarnos. Nos hemos vuelto expertos en sospechar. Antes se dudaba del político y del banquero; ahora también del físico y del ingeniero. Y claro, con tanto miedo acumulado, el futuro se indigesta antes de probarlo.

Pues yo, decido reconfortarme con Jávea que me ofrece luz, tranquilidad, satisfacción, alegría, comprensión y felicidad.

Quizás también haya un problema de exceso. La tecnología se ha vuelto tan omnipresente que ya no sabemos qué desear. Por eso vuelve la nostalgia, ese refugio donde las cosas eran lentas, analógicas y fácilmente comprensibles. Cuando los coches no se conducían solos y la gente, al cruzar la calle, levantaba la vista. Nos da por añorar el pasado no porque fuera mejor, sino porque al menos sabíamos cómo funcionaba. Tenía el ritmo de un vinilo y el aroma de un café molido.

Pero esa nostalgia del futuro perdido no deja de ser una trampa. Los mismos que suspiran por el idealismo de antaño no querrían volver a un mundo sin wifi. Lo que echamos de menos no es el pasado, sino el optimismo por el futuro que teníamos entonces. Aquella ingenua confianza en que la ciencia, la educación y la cooperación harían del mañana un lugar mejor. Hoy, en cambio, el futuro se nos presenta como una especie de examen de resistencia. Más que disfrutarlo, parece que haya que sobrevivirlo. Pues yo me conformo con ser aceptado y abrazado por mi querida Jávea.

Es posible que esto tenga un sesgo generacional y los jóvenes miren al futuro con otra lógica. Que no esperen milagros tecnológicos, ni grandes profetas. Que se conformen con mantener un planeta habitable y el alquiler a un precio razonable. Puede que esa modestia sea su gran ventaja. Tal vez, precisamente por no idealizar el futuro, terminen reconstruyéndolo mejor. A fin de cuentas, una generación que haya crecido sin promesas quizá sea la única capaz de cumplir alguna. Sin embargo, mi longevidad, vive, sueña, adora y ama a Jávea, y mi mayor deseo es, vivir enfrascado en la nostalgia de seguir disfrutándola hasta la extenuación de mi vida terrenal. Un deseo que no está ligado al egoísmo y materialismo rampantes.

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Deja un comentario
  1. Enric dice:

    Gràcies,un plaer llegir-lo.

  2. Juan dice:

    Gracias a usted, Enric

  3. Beatriz Giner García dice:

    Javea era Denia. Desculat!!

  4. Ana Geraldino dice:

    Sr. Palomares, gracias por dejarnos escuchar su voz y comentario. Un gran placer en leerlo, no solamente una vez pero ya varias. Gracias nuevamente.