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‘No me dejéis morir’, de Juan Legaz Palomares

19 de mayo de 2020 - 11:45

Con los ojos en mi alma rota y el corazón tembloroso, atemorizado y dolorido por esta gravísima pandemia, y con el bolígrafo en mi mano temblorosa, dada la situación de abandono en la que estamos observando que dejamos a nuestros
ancianos morir, colocando a los profesionales sanitarios en la tesitura de que elijan entre un joven o un viejo, a la hora de asistir con un respirador, una cama de UCI, un test, una asistencia hospitalaria, o cualquier otra circunstancia de precariedad, de procurar salud a aquel que lo necesita.

No sé si estamos desquiciados, deshumanizados o locos de remate. Es terrible observar hacinados los ataúdes amontonados en el enorme recinto del palacio de hielo -es para quedarse helado-, numerados sin control fiable, mientras las familias angustiadas, atravesadas por el dolor de la pérdida de un ser querido, no tienen ni tan siquiera la oportunidad de darles su último adiós. Pero, mucho más lamentable todavía es, que a veces, desconocen si en el ataúd numerado está el familiar querido que les indican. No cabe mayor ignominia y desatino. ¿Es que hemos perdido el juicio y las más elementales reglas de la decencia? ¿A qué nivel de deshumanización estamos llegando?

Que cada cual saque sus propias conclusiones, y no quiero volver a recordarles las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos…! Dios mío, no podía imaginar que mi corazón volviera a constreñirse de dolor tan trágicamente, una vez más, cómo cuando en mi juventud, mientras ejercía las funciones de mi profesión de Enfermería y todavía estremecido y triste, acompañado de la inexperiencia, incluso de la inocencia, me sentía incapaz de enfrentarme a una situación de tener que asistir a una persona en los últimos momentos de su vida (no entraba en mi cabeza ni me lo imaginaba cuando estudiaba la carrera).

La impotencia me atenazaba y no atinaba a proporcionarle la mediación que le había sido prescrita por los facultativos al moribundo, que pretendían, con la mejor voluntad sanar al enfermo en cuestión. No sé de dónde saqué las fuerzas para seguir administrándole la medicación que tenía que aplicarle, tanto por vía oral, como intramuscular y venosa. En el transcurso del cumplimiento de mi deber profesional lo que más me impresionó y que jamás he olvidado, fueron las últimas palabras de aquel anciano: “Por favor, no me dejéis morir”. ¡Qué duro fue para mí! Me miraba a los ojos como solicitando un soplo -casi divino- que le devolviera la vida, se agarró fuertemente a mi mano y tras unos estertores de ansia de vivir, con la mirada perdida, expiró. Sí, helado me quedé unos instantes y sin saber a quién acudir para que me sacara de aquella trágica desgracia que me había tocado vivir por primera vez en mi ejercicio profesional.

Mi supuesta vocación y valentía profesional se pusieron en cuestión, pero resistí. Ahora, transcurridos muchos años, me produce una enorme tristeza lo que está pasando, y pienso en todos los mayores que ven con desesperación, cómo, en algunos casos (especialmente en las residencias de ancianos), los abandonan y dejan morir, no por culpa de los profesionales sanitarios, que son unos verdaderos héroes, sino por carecer de los medios que les puedan ayudar a salvarles la vida.

Descansen en paz.

Juan Legaz Palomares.

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