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‘No más lágrimas Mare de Déu’, por Juan Legaz Palomares

05 de septiembre de 2021 - 07:55

En el 125 aniversario de la gran Fiesta en tu honor, Mare de Déu de Loreto. Aduanas de la Mar y toda Xàbia (pescadores, festeros y todos los que te aman) se presentan ante Ti con todas sus fuerzas para rogarte con fe, que se acabe la pandemia y te puedan ofrecer el homenaje festivo que Tú, te mereces.

Mare de Déu de Loreto, no más lágrimas, no más nostalgia, no más añoranza. Te miro y te lo pido con el corazón dolorido y constreñido. Las lágrimas de los ojos de los pescadores, los festeros, de las gentes de Aduanas y de Xàbia entera están secos, agotados. Ya no les queda el líquido que lubrica el ojo para limpiar todas las impurezas. Se han consumido y se han transformado en llanto físico y psíquico, debido a la fuerte tensión emocional, enojo, sufrimiento, luto, dolor físico, espiritual… después de dos años sin homenajear a su Patrona.

Mare de Déu, ya son dos años en los que la traidora pandemia nos priva de celebrar las Fiestas en tu honor. Fiestas que, cada año habitualmente conmemoramos desde hace ciento veinticinco años.

Cuando se aproxima el ocho de septiembre los corazones de los habitantes de Aduanas laten eufóricos, porque están ansiosos de demostrarte la fe que tienen en Ti. Lo que te aman, y la ilusión que les hace lanzar el primer cohete en señal de que, un año más, están dispuestos a adorarte y venerarte sin límites: un novenario en tu honor, una ofrenda de flores adornando tu altar mientras te rezan y cantan con fervor, y durante el recorrido por las calles hasta la llegada a la Iglesia te ofrecen los mejores ramos de flores, y la pureza de su alma desde el arrepentimiento con fe, y para que les liberes de sus penas y tristezas con la plena convicción de que los escucharás.

Procesionan con tu imagen llevándote en andas por las calles de Aduanas con el acompañamiento de música que suena a melodía celestial. Después se divierten y disfrutan con los Bous a la Mar, aunando voluntades, amistades, fraternidad, valentía y también, algún que otro ¡uyyy!, cuando la vaquilla roza la peligrosidad de los más atrevidos, y propinándoles algún revolcón a los mozos que la torean, tratando de esquivarla con un elegante recorte hasta conseguir que caiga a la mar.

La fiesta continúa con diversos actos culturales, deportivos y de ocio, la felicidad y la paz están servidas con la anuencia de tu vigilancia divina. Culminan los actos en tu honor el día ocho de septiembre con una misa solemne por la mañana (los festeros vestidos de gala). Por la tarde una procesión con tu bella imagen bendiciendo Aduanas. Y, como broche de oro, se coronan las Fiestas a las doce de la noche con un fantástico y espectacular castillo de fuegos artificiales en la preciosa Bahía. El contraste en el mar de la electrizante iluminación de los fuegos artificiales brillando en la oscuridad de la noche, el azul del mar y, cómo asciende hacia el cielo la luminosidad de multitud de colores, que encienden el espíritu de los festeros y de todos los que tienen la suerte de poder
contemplar este magnífico espectáculo de luz y color de fin de fiesta.

Tú, Mare de Déu de Loreto, que estás presente en cada uno de los actos en tu honor. Tú, que alumbras, proteges e inspiras a los festeros para que, cada año, superen los eventos que con motivo de tu Festividad se celebran, ayúdales para que cada año se pueda repetir con más entusiasmo y seas más venerada y admirada. Bendice a los festeros y pescadores de Aduanas y no permitas que estén tristes. Porque exhaustos y rendidos a tus plantas, te imploran y suplican para que no les abandones y no caigan en el desánimo. Ilumínalos con tu soplo de luz espiritual para que vuelvan a revivir con más ilusión y fuerza las Fiestas en honor a su Patrona la Virgen de Loreto. Sin embargo, creen fervientemente que su fe es tan grande en Ti, que les enviarás tu soplo divino para enjugar sus lágrimas. Están convencidos que ya "No habrá más Lágrimas, Mare de Déu", y brillará la luz del Amor, la Paz y la
Felicidad.

Juan Legaz Palomares.

1 Comentario
  1. Xavi dice:

    Un timo es la «acción y efecto de timar», y por timar debe entenderse, en su acepción general, «quitar o hurtar con engaño». Pero, en un sentido más específico y relevante, timo significa «engañar a otro con promesas y esperanzas» (DRAE). En esta clase de engaños existe una subclase especialmente dramática, en virtud del alcance y las consecuencias que puede tener en la vida personal de los timados. Me refiero al timo de la religión.

    Lo que en este timo resulta definitorio consiste en prometer algo que es de toda evidencia contra natura: la negación de la muerte y la afirmación de una felicidad plena. Por esta razón nuclear y fantástica, y por algunos de sus corolarios, al timo religioso le ha cabido el honor histórico de ser el padre de los demás timos, y así, el más pernicioso, pues su engaño descansa sobre el mito más irreal generado por la mente humana: el de la existencia de almas y espíritus inmateriales como entes reales, y también de sus derivados, los dioses de los politeísmos, el Dios de los monoteísmos y los espíritus de los panteísmos.

    Para que ocurra un timo se precisa una relación de engaño entre dos sujetos: el timador y el timado. Y además se requiere un referente que especificará la naturaleza concreta del engaño. En esa relación, el oferente promete lo que en la fase profética de la religión se llamó la salvación personal, porque está asistido por Dios o el gran Espíritu y cuenta con su delegación. Es decir, actúa por procuración divina o parte ya como un redentor divinizado que ostenta el poder de cumplir la realización de las promesas pactadas. Porque el vínculo personal constituido por la fe religiosa es un contrato sinalagmático (del verbo griego synallásso o synallátto: unir, pactar, conciliar), por el cual el oferente propone al ofertado una especie de trato jurídico recíproco que obliga a ambos al cumplimiento íntegro de lo prometido, de modo que, en caso de incumplimiento, las partes asumen la condición de felones según quien sea o no el culpable de la ruptura.

    Sin embargo, la constatación del incumplimiento que debe exhibir la parte que se considere perjudicada resulta muy problemática en el momento de atribuir la carga de la prueba. Si esto ya es así en las causas jurisdiccionales terrenales, imagínese el lector qué sucede cuando el contrato recae entre almas, espíritus y dioses, entre ángeles y demonios o entre la demás ralea de esos espacios celestes o infernales en los que se lucha por premios o castigos eternos, o por rebajas de pena a golpe de costosísimas indulgencias, o por intercesiones de vírgenes y santos con clientelas propias, con trámites complejos y costosos en los cuales los «económicamente débiles» suelen estar en condiciones evidentes de inferioridad. Una dificultad prácticamente insuperable se presenta cuando el máximo tribunal divino tiene que decidir quién se ha salvado o condenado, estableciendo así, sin réplica, lo siguiente: si se ha producido ya un incumplimiento insanable; quién ha sido el imputable, y qué pena o premio le corresponde. En esta coyuntura se da la curiosísima situación de que el tribunal divino es juez y parte, y por su propia entidad es omnisciente, justiciero y misericordioso. Cualquier intención del condenado de clamar inocencia no sólo pondría en cuestión la excelencia del tribunal, sino que su rebeldía demostraría la justicia de la sentencia y su ineludible condición de réprobo.

    Lo chocante y espantoso del timo religioso consiste en su inicua ventaja sobre los timos mundanos: mientras todos los códigos jurídicos modernos establecen garantías en relación con la celebración y el cumplimiento de los contratos –exigiendo una eficiente identificación personal de los contratantes o una declaración de sus voluntades sin coacción o intimidación, etc.–, las confesiones de fe se atribuyen ritualmente por las Iglesias a recién nacidos, enfermos, moribundos, torturados en las mazmorras de la Inquisición o poblaciones enteras en virtud de concordatos fraudulentos que enajenan la voluntad de las personas y la soberanía de los Estados. Los fieles depositan sus conciencias en el palio de sus iglesias mediante una fe transmitida mecánicamente en el hogar y la escuela, una fe meramente gestual y vehiculada por mitos infantiles y creencias que, al ser aceptadas sin verdadera convicción y sin escrutinio intelectivo, degradan la dignidad humana y dañan la capacidad cognitiva de sujetos dotados de los atributos innatos de inteligencia y creatividad.

    Cuando las instituciones religiosas barruntan superficialmente su responsabilidad e imputabilidad éticas, improvisan actitudes de arrepentimiento que se quedan en imploraciones insinceras de perdón colectivo. Pero no cesan en su ejercicio del timo religioso, alimentado por su implacable proselitismo universal a favor del timo supremo de «la vida después de morir». Pero, ¿cómo certificar que se produjo el timo, si no hay testigos de vista de los hechos trascendentales? En último término, el timado tendrá solamente la consolación de la esperanza; sin embargo, como quiera que esa esperanza se cifra en imposibles, resultará siempre frustrada. Ahora bien, una institución carece de conciencia y no es imputable de engaños o timos. Sólo son responsables los individuos en función de sus propios actos. Por consiguiente, las Iglesias ni pueden pedir perdón ni ser perdonadas, a no ser por medio de la irresponsable escenificación de un engaño suplementario. Son los sacerdotes y demás hombres de Iglesia, y sólo ellos, quienes deberían responsabilizarse personalmente del engaño mediante el cumplimiento de las sanciones penales, previa restitución a las víctimas por los daños causados; y, en caso de muerte, serán sus sucesores los obligados a prestar las correspondientes reparaciones físicas y morales.

    Gonzalo Puente Ojea fue diplomático. Ex embajador de España en el Vaticano.


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