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‘Mis viejecitos’ por Juan Legaz Palomares

04 de julio de 2020 - 12:22

En mi último viaje en tren, de Alicante a Madrid, para arreglar asuntos personales, me tocaron delante otros dos pasajeros. Son dos viejecitos, me imagino que casados hace años. Me hace feliz ver con qué ternura se miran, se
hablan, se sonríen. Los veo enamorados con un amor lento, denso. Mucho amor acumulado. Mis viejecitos se acarician, se cogen de la mano. Son como una de esas canciones que cantan los poetas a sus enamoradas. El tiempo que les quede, les quedará amándose.

Ellos saben lo que es vivir bien. Observo que por sus caricias y sonrisas todos sus años están acreditados y lo demás no importa. Buscamos, pero el amor es la única pregunta y la única respuesta, pienso que tanto buscar nos vuelve estúpidos y no estamos atentos a la gracia cuando pasa, y luego nos quejamos de la ansiedad o de que nuestras vidas no tienen sentido.

A mis viejecitos, el amor les embellece y les rejuvenece el corazón. Es uno de esos secretos que dan vida, y vida en abundancia. Ella cuando sonríe parece una casa cerca de la mar abierta al sol. Él cuando la mira con sus ojos grises me hace pensar en las veces que yo miro al amor de mi vida y con mis ojos le digo que la quiero. Estamos sedientos de amor, de mucho amor y mis viejecitos son hermosos, han sabido qué hacer con sus vidas y han sido bendecidos. Me gustaría preguntarles cómo se conocieron y convertir su historia en la metáfora de todos los comienzos.

Él le dice algo al oído y ella ríe tapándose la boca. Él está contento de verla reír. Hasta diría que está nervioso, cuando ella le pone la mano en la mejilla y le acerca la cara dándole un beso. Uno de sus besos.

No creo que hayan hecho muchas cosas el uno sin el otro. Ni salir a cenar ni mucho menos un viaje. No creo que lo hayan pasado bien si alguna vez han tenido que separarse unos días o una semana. Uno parece la continuación del otro y el día que uno muera el otro se consumirá, aunque no esté enfermo y no tardará mucho en marcharse.

Podemos vivir así, tendríamos que vivir así, necesitamos vivir así. Somos hijos de un Dios que nos enseñó a amar y a ser libres, que es exactamente lo mismo. Estamos hechos de mis viejecitos, aunque a veces nos perdamos en tantas
tonterías. Ella se ha puesto gafas de sol y un chal de lana por encima de los hombros. Él está acostumbrado a vivir deslumbrado por su amor y no necesita nada más que mirarla con sus pequeños ojos, un poco azules, un poco grises.

Si se enfadan regresan rápido al buen amor. Si les preguntas, dirían que nunca se han enfadado, y lo harán sonriendo. Curiosidad: ¿Tendrán nietos? Creo que sí. Es imposible que un amor tan bello no haya sido fértil. No me atreví preguntárselo, pero seguro que vivirían en un lugar tan paradisíaco como Xàbia adonde el aroma de las flores huele a paz y felicidad, y los luceros son vigías de su idílico y apasionado amor y, los primeros rayos del sol penetrarían en su corazón para que sus abrazos matinales se transformaran en un mismo cuerpo y un mismo espíritu.

Él reclina su cabeza en el hombro de ella. Los viejecitos cuando se duermen ponen la cara que luego les queda cuando se mueren. Te deseo que te vayas antes que ella y que no tengas que pasar ni uno solo de tus días sin el gran amor de tu vida. Ellas son más fuertes y saben siempre qué hacer, pero no va a parecerle demasiado interesante vivir sin ti. No te preocupes porque no tardará en salir corriendo allí donde estés. No tengas miedo, tus ojos, grises, azules: muy pronto volverán a brillar. Aquí o allí, qué más da: vosotros viviréis siempre, vuestro
amor es eternidad.

Juan Legaz Palomares

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