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«Magdalena Codina, la panadera xabiera que se enfrentó a Napoleón»

OPINIÓN | José Font Caballero

De todos los conflictos bélicos que sacuden Jávea desde la Reconquista -piratas berberiscos, Guerra de Sucesión, bandolerismo, guerras civiles- uno de los más desconocidos y no menos sangrientos, es la denominada Guerra del Francés.

Europa entera tiembla bajo las botas de Bonaparte. España arde en guerra. Y aquí, en nuestro rincón de la Marina Alta, las tropas francesas también hacen acto de presencia. Lo que parecía un lugar apartado del mundo se convierte, de pronto, en un escenario más de la violencia, los saqueos y la desolación.

Aquel año, 1812, Jávea fue invadida. Muchos vecinos huyeron al campo, a las partidas de resistencia o, simplemente, buscaron refugio donde pudieron. Pero en una de las calles de nuestro precioso y angosto casco histórico, vía que voy a omitir, aún quedaba el aroma del pan recién hecho. Y al frente del horno, una mujer sola: Magdalena Codina.

Magdalena no figura en los grandes libros de historia. No tiene estatuas ni calles con su nombre. Pero fue una de esas figuras silenciosas que hacen de la memoria de un pueblo algo digno de orgullo. Mientras los franceses recorrían las calles saqueando, robando y sembrando el miedo, ella no abandonó su casa ni su obrador. Siguió horneando pan. Porque la vida, pese a todo, tenía que continuar. Hasta que llegó el día fatídico. Las tropas francesas, sabedoras de que aún quedaban casas por saquear, tocaron a su puerta. Querían dinero. Querían sus escasos ahorros. Y lo que se encontraron fue algo inesperado.

Magdalena no se arrodilló. Frente a las bayonetas, empuñó el palo de hornear —ese largo bastón de madera con un gancho de hierro en la punta, usado para meter el pan al horno sin quemarse— y se enfrentó a los soldados. La escena debió de ser tan breve como brutal. Una mujer sola, desarmada, intentando defender su dignidad y su trabajo frente a un ejército invasor.

Murió allí mismo, en su horno, o en la calle. No sabemos si hirió a alguno de sus atacantes. Pero lo que sí sabemos es que no se dejó vencer sin luchar. Que defendió su casa, su pan, su vida, con las herramientas que tenía. Y que, en ese gesto, desesperado pero firme, nos dejó una lección de valentía.

Hoy, más de dos siglos después, la historia de Magdalena nos habla del carácter de Jávea, de esa mezcla de resistencia, terquedad y orgullo silencioso que define a los nuestros. Porque no solo los guerrilleros del Campaner o del Llobarro plantaron cara al invasor. También lo hizo una panadera anónima, con su delantal y su ‘ferramenta fornera’, desde una casa modesta del corazón de la villa.

Recordarla no es sólo justicia: es también una manera de entender que la historia de los pueblos no se escribe solo con batallas, sino con pequeños gestos de dignidad. Que a veces, en un horno de pan, también se forjan leyendas.

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Deja un comentario
  1. Francisca Tachó Sapena dice:

    La abuela de mi madre, le contaba, que los soldados franceses entraron al horno de esa señora para llevarse el pan, y que ella les dijo que no se lo podia dar, que no era suyo, era de los clientes que lo llevaban a cocer alli. En contestación la echaron a ella dentro del horno y se llevaron todo el pan. Que muerte tan horrible.
    Le contaba también, que un vicario se asomó a la plaza desde la terraza de la iglesia (els montons) los soldados franceses le vieron, subieron y le echaron al vacio.
    Y que cuando entraron al convento algunas monjas se arrojaron al pozo.
    Sucesos horribles, como tantos y tantos, en todas las guerras.

  2. Fran dice:

    Totalmente de acuerdo en lo de terquedad seguro que esta pobre mujer dijo que yo soc de Xabia antes de tan infortunio…