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‘Luces de Navidad’, por Juan Legaz Palomares

29 de noviembre de 2020 - 00:06

Ya están aquí. Esas luces de Navidad que iluminan, desde hace muchos años los corazones y las almas de todas las personas de buena voluntad. Este 2020 será una iluminación diferente, pero no debemos perder la fe y la esperanza.
Eso solo (y ya es mucho) tendrán de navideñas las calles de nuestras ciudades y pueblos, con la vista puesta en que se esfume el virus de una vez para siempre, y vuelva el calor y el amor navideño a los hogares españoles, así como a toda la Tierra.

El personal, quieras que no, por muy tierno que tenga su corazón, se arruga pensando en la Navidad que le viene encima (ni abrazos, ni besos, ni reuniones familiares para cantar villancicos y celebrar con alegría y euforia el Nacimiento de Jesús). No se concibe una Navidad triste y ausente de los seres queridos. Será un hito histórico y extraño, que quedará en los anales de la historia de la humanidad. Algo parecido en Semana Santa y otras festividades típicas de primavera y verano en toda la geografía española. En Xábia por ejemplo: San Sebastián, El Nazareno, Fogueres de Sant Joan, Moros i Cristians…, y ya veremos si las queridísimas Fiestas de Aduanas de la Mar a finales de agosto hasta el 08 de septiembre en honor a la Virgen Mare de Déu de Loreto.

Cada cuál contempla estas entrañables festividades, desde la aparente contradicción de poner plato en la mesa, alegría y goce en el sentimiento. Que se compadezca lo uno con lo otro, siempre nos lo dio la vida. Pero asomó la
pandemia trastocándolo todo. Y esa coexistencia antes regalada está siendo ahora, si no imposible, improbable.

Parece decidida la municipalidad de España a iluminar las calles como se hizo siempre. Querrá dar a entender que todo sigue igual. Pero es diferente (y tan terrible) lo que nos está pasando, que no sabe uno cómo asimilaremos un gesto de tan buena fe que llamaremos alumbrado festivo en año de dificultades. El espíritu navideño no es ya que pide, sino que exige bares, restaurantes, reuniones familiares y belenes abiertos de par en par. Con apretada parroquia dentro. (Nos preguntamos que será de las populares y desenfadadas comidas de empresa).

Tocante a las tiendas de comprar y vender, lo acostumbrado era que tuviesen su agosto en diciembre. Y que las llamadas “relaciones sociales” (dentro y fuera de la casa de uno) alcanzarán su no va más. Lo mismo ocurría con los viajes, imprescindibles para cumplir el rito emocionado de volver a casa por Navidad.

Las calles oliendo a botellón, bajo el paraguas de las luces que componen, en las alturas, figuraciones que te dicen nada y que, sin embargo, lo están diciendo todo. ¡Caray!, la Navidad villancica de cuando eras chiquillo.

Imagínate ahora, que en la noche xabiera de diciembre (un tanto tibia y, por lo mismo, llevaderas ráfagas de un viento frío, que hiela hasta las mismas aguas cristalinas de su preciosa Bahía), forastero, viral y sorpresivo desbaratan (pandémicamente hablando) la paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad.

Y verás por la Avenida de Jaime Primero, o por la calle Mayor tan emblemática y tradicional de Xàbia, volando entre chisporroteos de brasas, el atizador, el infernillo, las castañas, los buñuelos, los cucuruchos de papel de estraza y la mujercita teñida de oscuro, que este año no plantó sus reales atrapada en un cansancio paralizante: “¡Anda tú, que si quieres arroz Catalina!, que a mí no me queda ni un soplo de aliento, ni una onza de fuerza, ni ganas de verme!”.

Y ustedes sabrán dispensarme. Y, a pesar del coronavirus, ¡FELIZ NAVIDAD!

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