OPINIÓN | José Font Caballero
En el último tercio del siglo XIX, el negocio de la pasa convirtió el Raval de la Mar —con sus casas señoriales en el nuevo ensanche xabiero— en un hervidero social y económico. Las residencias de los Cholbi, Ramos, Guardiola o Bover bullían con una actividad comercial comparable a la de los ‘Buddenbrook’ de Thomas Mann. A este trasiego en la gran vía entonces llamada Avenida de Alfonso XII -actual Avenida de Alicante-, generado por el ir y venir de gentes en las oficinas de los consignatarios de barcos, se sumó la apertura de tres despachos consulares —viceconsulados— de países con los que las empresas paseras de Jávea mantenían un fluido comercio: Inglaterra, Francia y Alemania.
El objetivo principal de estas delegaciones era proteger y facilitar los intereses comerciales de las naciones que representaban. Los vicecónsules actuaban como intermediarios entre las empresas locales y los importadores extranjeros, garantizando que las exportaciones cumplieran los estándares requeridos y que los contratos se ejecutaran con seguridad jurídica.
Según el ‘Anuario del Comercio, de la Industria, de la Magistratura y de la Administración de 1884’, los cónsules acreditados en Jávea eran: Antonio Albi Giner, comerciante de pasa y participante en exposiciones universales con sus productos e innovaciones agrícolas, vicecónsul del Imperio Alemán.
Cristóbal Bolufer Gual, heredero de la Casa Bolufer -hijo de José Antonio Bolufer Cruañes- y mecenas de la primera banda de música de Jávea, por la República Francesa. El 1 de agosto de ese mismo año, fue relevado por Agustín Ramos Bolufer.
Por el Reino Unido, dos miembros más de la destacada familia Albi: Juan Bautista Albi Ramos y Fernando Albi Moragues, que asumió el cargo también a partir del 1 de agosto.
José Albi Romany -hijo de Antonio Albi Giner-, intelectual y prohombre de la villa, fue el último vicecónsul español en representar a una potencia extranjera. A partir de 1892, los súbditos británicos —y luego otras naciones— asumieron estas funciones de forma directa, no sólo en Jávea sino en otras ciudades con comercio marítimo. Así, decayó la figura del vicecónsul español, aunque más tarde surgiría el cónsul honorario, un cargo protocolario sin las atribuciones diplomáticas de antaño.











Muy buen artículo. Estos estaría bien destacarlos recopilados en alguna sección. Grande el articulista.