OPINIÓN | José Font Caballero
En la memoria económica de Jávea hay episodios discretos pero reveladores, y quizá ninguno tan singular como la fiebre de la sal que recorrió la población en el último tercio del siglo XIX. Por aquel entonces, en la partida del Saladar -esa llanura húmeda y soleada cercana al Arenal- los estanques de evaporación llevaban siglos produciendo un recurso tan común que apenas despertaba admiración. Y, sin embargo, de pronto, la sal empezó a verse con ojos nuevos: ya no era sólo un condimento o un conservante, sino una oportunidad de negocio, un resorte para el progreso local y, en cierto modo, el «oro blanco» de Jávea.
Hace unos días apareció un documento firmado por Romualdo Catalá Catalá -padre del célebre político y abogado Juan Bautista Catalá Gavilá-, y que custodia la familia de doña Otilia Vera Catalá, en el que se inicia el proceso de la venta de fincas javienses situadas en las diversas salinas de Jávea, que están registradas por un Tancredo Roggen, ingeniero agrícola y autor de varios manuales y libros sobre agricultura.
En el texto de dicho documento aparecen varios nombres de las fincas situadas en las codiciadas tierras de la sal:
«…en el término de Jávea con el nombre de Amelia, Fontana y Gorgos y a título de explotar materias salinosas terreo-alcalinas».
A diferencia de las minas auríferas que hicieron famosas a California o al Klondike, las salinas xabieras no tenían galerías subterráneas ni ofrecían pepitas brillantes. Su riqueza se generaba al sol, cuando el agua de mar se retiraba y dejaba tras de sí una costra blanca que lo mismo alimentaba a familias enteras que abastecía a barcos de conserva. Pero la coyuntura del siglo XIX -más comercio marítimo, más demanda industrial, más población necesitada de sal- convirtió ese proceso humilde en un negocio prometedor. Las reformas del monopolio estatal facilitaron la iniciativa privada, los comerciantes comenzaron a moverse con notable inquietud y el precio del suelo subió con una rapidez que a algunos les pareció casi milagrosa.
En pocos años se vivió aquí una pequeña fiebre económica cuya intensidad sorprendió incluso a los vecinos más prudentes. Hubo propietarios que se lanzaron a comprar parcelas en las que veían futuros estanques de evaporación; intermediarios que viajaban desde Madrid y Valencia, como el propio Juan Bautista Catalá Gavilá, Antonio Barrachina Pastor, José Esquerdo Chofre, Juan Serrano Martí, Francisco García Pastor, Vicente Pascual García, Rafael Vidal Soria y Doroteo Bañuls Vives.
Este sueño de hacerse con remesas de sal antes de que salieran por mar se convirtió en un proyecto ambicioso que circulaba en cafés y casinos, pero que nunca terminaba de materializarse. La idea de que la sal podía enriquecer a quien acertara con el movimiento adecuado se instaló en la calle y en las conversaciones y, aunque los beneficios reales nunca alcanzaron la espectacularidad del oro, sí fueron suficientes para animar a más de uno a invertir sus ahorros.
El gran auge no duró para siempre. Con la llegada del siglo XX, la competencia de salinas industrializadas, como las de Torrevieja o Santa Pola, fue restando protagonismo a las de Jávea, que poco a poco quedaron relegadas hasta desactivarse por completo. El Saladar, antaño espacio de trabajo, se transformó en paisaje natural y, más tarde, en zona parcialmente urbanizada al calor del turismo. Sin embargo, en la memoria local persiste el eco de aquella fiebre: un recordatorio de que incluso los recursos más modestos pueden, en la época adecuada, provocar sueños de prosperidad y despertar el mismo brillo en los ojos que, en otras latitudes, sólo producía el oro.











Sempre interessant la història del Poble.
Gràcies.