OPINIÓN
Mi infancia huele a verano, a salitre y a cal… Huele a los veranos en el Portitxol, cuando el calor comenzaba a caer sobre las piedras blancas y llegaba el momento solemne de ‘emblanquinar’ o ‘encalar’ la casa. Era casi un ritual ancestral. Las mujeres tomaban entonces el protagonismo absoluto de aquella liturgia mediterránea que anunciaba el estío.
Recuerdo los cubos metálicos, las brochas gruesas y las manos manchadas de blanco. La cal lo impregnaba todo, las paredes, la ropa tendida, la tierra, los pinos y hasta el aire. La casa parecía respirar de nuevo después de cada capa. Encalar no era solamente una cuestión estética, no, era higiene, protección y cuidado. Era preparar la vivienda para el verano, purificarla y defenderla del sol abrasador.
Después llegaba el azulete, el ‘blavet’, aquel añil intenso con el que se teñían puertas, ventanas y persianas. Aquel azul índigo, tan profundamente mediterráneo, aparecía luminoso contra el blanco mate de la cal. Desde las islas griegas hasta la costa xabiera, pasando por Túnez, ese contraste ha formado parte del imaginario del Mare Nostrum durante siglos. Pero para nosotros no era un decorado pintoresco como ahora, era simplemente la vida cotidiana.
La cal era higienizante por su elevada alcalinidad y su alto PH, convirtiéndola así en un material naturalmente antiséptico. Las casas encaladas permanecían limpias, frescas y protegidas frente al moho, los hongos y las bacterias. La cal permitía que los muros transpirasen, regulaba la humedad ambiental y evitaba condensaciones. Además, durante su lentísimo proceso de carbonatación -que podía prolongarse durante décadas e incluso siglos- absorbía CO₂ del ambiente, contribuyendo a limpiar el aire en lugar de contaminarlo. Frente a materiales industriales más agresivos, la cal representaba una manera más natural, saludable y sostenible de construir. Tomen nota los nuevos constructores y arquitectos…







