OPINIÓN | José Font Caballero
Jávea siempre ha sido un verso suelto en la política española. Desde hace siglos, los xabieros hemos demostrado una peculiar capacidad para desmarcarnos de la corriente general cuando se trata de defender nuestros intereses, nuestra identidad o, sencillamente, nuestra manera de estar en el mundo. Mientras otros seguían consignas, aquí se tomaban decisiones propias, a veces incomprensibles desde fuera, pero profundamente coherentes desde dentro.
La historia lo avala. Durante la Guerra de Sucesión, cuando buena parte del antiguo Reino de Valencia apostó por el Archiduque Carlos de Austria, Jávea se mantuvo fiel a Felipe V. Dénia, a pocos kilómetros, eligió el bando contrario. Aquella decisión no fue menor: marcó relaciones, privilegios y agravios durante décadas. Jávea volvió a ir por libre, aun a riesgo de quedar aislada.
Un siglo después, en la Guerra de la Independencia, los xabieros no dudaron en plantar cara al ejército napoleónico. No fue una resistencia simbólica ni de salón: fue sangre, fue sacrificio y fue valentía. Un pequeño pueblo labrador y marinero enfrentándose al coloso francés con más coraje que medios, dejando muertos y memoria. Otra vez, Jávea escribiendo su propia estrofa mientras Europa ardía.
A finales del siglo XIX, el municipio se convirtió en uno de los epicentros del carlismo regional. Mientras España se debatía entre liberalismo, monarquía y república, aquí prendía con fuerza una causa que mezclaba tradición, religión y protesta social. No fue casualidad. El carlismo encontró en Jávea un terreno fértil, con una sociedad compleja, dividida, donde las lealtades no siempre coincidían con los mapas oficiales.
Ese carácter indómito se mantuvo en el siglo XX. Las luchas intestinas de la burguesía local, los enfrentamientos soterrados entre familias, intereses económicos y visiones de futuro generaron situaciones políticas insólitas. El ejemplo más paradigmático llegó en 1979, en las primeras elecciones municipales democráticas. En una pirueta política digna de estudio, fue la Alianza Popular de raíz franquista la que hizo alcalde al candidato socialista. Un episodio que, visto desde fuera, parecía un error de imprenta, pero que en Jávea tenía toda la lógica del mundo.
Y si avanzamos hasta tiempos más recientes, el patrón se repite. En 2011, cuando el mapa de España se tiñó de azul tras la arrolladora victoria del Partido Popular en casi todo el país, Jávea volvió a romper la baraja. Fue la aldea gala. El único punto rojo que resistía en medio de un océano conservador. De nuevo, contracorriente. De nuevo, singular.
¿Y ahora qué? La historia enseña que en Jávea nada es casual. Yo creo firmemente que estamos a las puertas de otro hecho insólito, de esos que parecen guiados por una especie de sincronía con el destino nacional. No sería extraño que, a la misma hora que los socialistas abandonen la Moncloa, en Jávea el PSOE vuelva a ostentar la alcaldía. No por obediencia a una ola, sino precisamente por lo contrario: por fidelidad a nuestra tradición de ir a contratiempo.
Porque si algo ha demostrado Jávea a lo largo de los siglos es que no sigue el ritmo marcado por Madrid, Valencia o los titulares. Jávea compone su propia melodía política.Y eso, en un país tan dado al seguidismo, es casi un acto de resistencia histórica.







Bonita lectura. Muchas gracias… cada día se aprende un poco más.
Buen artículo. Resumen conciso y acertado de nuestra historia local.
Yo creo que con estos últimos doce años de gobierno socialista en Jávea estamos mas que servidos, recuperar el tiempo perdido por culpa de Chulvi y su banda nos va ha costar un montón de años.
Exacto, independencia ya!!!!