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‘Guerras, pestes y luces’, por Juan Legaz Palomares

Verónica Blasco

Periodista
26 de febrero de 2022 - 07:40

No sé si ustedes tienen la misma sensación, pero en estos nefastos años 19, 20, y 21, yo me veo a menudo avanzando muy lentamente en un túnel en el que no sé dónde está la salida. Incluso en algunos momentos de desánimo llego a pensar que no tiene fin y seguiré ahí dentro para siempre. Lo cierto es que atravesar un túnel largo, como alguno en los Alpes o los Pirineos, siempre me había generado una cierta inquietud. Conforme avanzas sabes que estás más cerca del final, pero en algún momento dudas de que este llegue. Los humanos necesitamos saber que hay luz al final del túnel para mantener la esperanza. Vivir durante mucho tiempo en la oscuridad es como un cáncer que corroe hasta destruir los más sólidos fundamentos.

En este túnel pandémico que atravesamos también necesitamos creer que existe un final. Esta pandemia genera pesadumbre en cada uno de nosotros, se extiende como una mancha de aceite a toda la sociedad. Y estas manchas suelen mostrar nuestras miserias y limitaciones individuales y colectivas.

La vida nos muestra tozudamente lo insignificantes que somos. Lo poco que tenemos realmente bajo control. Lo fugaz de nuestra existencia, lo endeble de nuestros andamiajes mentales y la estupidez de muchos de nuestros comportamientos. A pesar del esfuerzo de muchos individuos con luces a lo largo de la historia, en el camino para curar las enfermedades de las personas y de las sociedades solo hemos dado pasos minúsculos.

Los estragos del virus no frenan la violencia entre seres humanos, al contrario, parecen avivarla. La guerra fría simplemente ha cambiado de contendientes, las guerras olvidadas siguen como siempre amontonando cadáveres y como propina se avivan otras, quizás para despistar a la población.

A la peste en crecimiento y las guerras amenazantes en el Mediterráneo y en el mundo se suman legiones de estúpidos, personas con pocas luces que, aunque no puedo creer que sean muchos, sin duda saben hacer mucho ruido y mucho daño.

Individuos aún más afectados por la incertidumbre que el resto propagan barbaridades sin sentido que harían reír si no pudieran causar daño a todos los demás. Negar la existencia del virus o cuestionar las vacunas quizás sea una
forma de reafirmación ante los miedos y debilidades personales. Retomando el símil de túnel, diría que son personas que viven permanente en su mitad sin atisbar la luz. La sociedad debería redimirlos y convertirlos a la razón, evitando darles espacios donde difundir sus patrañas. ¡Cuán importante se antoja ahora una educación pública sólida que forme ciudadanos ilustrados!

Mi concepción de un futuro mejor pasa por sociedades críticas con personas con formación suficiente para entender razonamientos complicados. Sociedades sofisticadas, luminosas, no de imbéciles con ideas medievales. Y de abajo arriba, me lleva a esperar con impaciencia a líderes que iluminen el camino para dirigir los esfuerzos personales hacia el beneficio colectivo. Quiero tener la esperanza de que tras estos horribles años 20, surgirá un mundo luminoso como el que imaginábamos de chicos. Mientras tanto, amigos, cuídense del virus y busquen la luz.

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Deja un comentario
  1. Ignacio dice:

    Buen artículo coincido con usted en todo. Pero como le dijo Celia Villalobos a Pablo Iglesias : «nunca te olvides que nosotros somos el reflejo de lo que hay fuera»… Podrían aparecer los mejores candidatos a líderes dotados de todas las características necesarias que usted a transcrito y le puedo asegurar que casi nadie les votaría. Primero por no entenderles, segundo por no sentirse identificados y tercero por sentirse amenazados ante unas nuevas ideas que podrían hacer peligrar sus sistemas de vida basados en saltarse la ley o las normas por beneficio propio.

  2. juan dice:

    Desde luego Ignacio, la política no se ha creado para los honrados e inteligentes. Estos deben dedicarse a otra profesión.