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‘El temps de la renda. Un vacío en el conocimiento antropológico de Xàbia'(3), por Juan Bta. Codina Bas

17 de octubre de 2020 - 00:30

Antes de seguir adelante debemos aclarar lo del conocimiento antropológico. En pocas palabras es el estudio de la estructura social de las diversas sociedades humanas, incluyendo aspectos de la cultura. En este caso intentamos conocer el tipo de sociedad que vive en este temps de la renda y que nos ayuda a conocer aspectos relativos a un momento determinado (el de la renda) y a las personas que vivieron este tiempo y que en parte explica el comportamiento sociocultural de aquellos que se iban a la renda. El conocimiento antropológico del javiense tiene aún muchas parcelas vacías para su estudio.

Ahora continúo con el tema que nos ocupa.

La adecuación de la caseta requería que el día previsto para anar a la renda hubiera sido precedido de otros días para preparar la casa de forma que al trasladarse con todos los trastos la caseta estuviera ya en situación de vivir en ella. No obstante muchas de las labores que requerían de fuerza y manos, se dejaban para realizarlas una vez estaban ya posesionados en la caseta todos los que iban a vivir estos días de renda.

En este comienzo de la renda había que habilitar la cambra como dormitorio ya que la mejor habitación era para los abuelos, la segunda habitación con puerta iba a estar destinada a las mujeres de la familia, mientras en la cambra como espacio abierto o diáfano y sin puerta se ubicarían los hombres y la chiquillería. Y es que en la casita convivían las más de las veces los abuelos y dos o tres hijos con sus respectivas familias por lo que al final había varias mujeres, hombres y niños. En el momento de la escaldá podía aumentarse el número de personas con los llamados renderos a los que se les contrataba para colaborar en esta tarea.

En la cambra había restos de cosechas del año anterior junto a capazos y otras cosas que había que quitar para poner los catres para dormir. En estos primeros días había que poner la cambra en disposición de acoger a varias personas, al menos para dormir.

La caseta tenía una cisterna que cada año debía encalarse y que recogía agua de lluvia procurando el líquido elemento a los que allí vivían. También disponían, en el exterior, de un pozo bastante hondo pero su agua a veces no tenía la suficiente potabilidad ya que procedía de filtraciones del subsuelo, pero era utilizada con otros fines. Tanto la cisterna como el pozo tenían una polea facilitando el descenso de un pozal de hojalata (la hojalata es una lámina delgada y lisa de hierro o acero cubierta de una capa fina de estaño por ambas caras) con una pieza gruesa de hierro en el asa para que al llegar al fondo el pozal se hundiera, y pudiera sacar agua con más facilidad. En el caso de la cisterna el pozal solía tener algún agujero para que el agua que se había sacado se saliera del pozal vaciándose y así estaban obligados a tener que volver a sacar agua que decían que era más fresca por estar recién sacada. También podía ser un acto para remover el agua del fondo con el pozal para airearla y que no se volviera insalubre.

Un gallinero y los conejos por la cuadra hacían las delicias de los niños y a veces se les encomendaba que cogieran los huevos puestos por las gallinas; a veces un cerdo y algún pato completaba el cuadro así como un pequeño palomar que acogía a algunos palomos con sus pichones. Ni que decir tiene que el mulo, haca o asno eran vecinos en la cuadra en la que cada tarde desde el pajar que se situaba encima se dejaba caer paja al pesebre para el animal y luego se le llevaba a beber agua al safareig.

Allí se veían nacer a los pollitos y a los conejos y ver como crecían, lo que para los críos era un momento especial colaborando en su crecimiento. ¿Cuántos niños de hoy ven como nacen y crecen estos animales si no es porque en las escuelas los llevan a conocer una granja? Incluso algunos hasta aprendieron a ordeñar una vaca o una cabra, pues en las casetas del entorno siempre se podía encontrar alguna vaca que sacaban a pasear en algunos momentos del día para que hiciera ejercicio.

La vida cotidiana en la caseta era sencilla y frugal y hasta austera. Tampoco eran momentos de euforia económica. La cartilla de racionamiento aunque ya no estaba en vigor desde 1952, había llevado a nuestros padres a una sobriedad que también nosotros la padecíamos.

Pero el labrador tenía recursos y aquí, en las casetas se hubiera podido sobrevivir con muy pocas cosas. La alegría la llevábamos la chiquillería pero también el entorno plagado de flores y plantas que camuflaban el rigor. Era usual el acudir al jazmín y recoger algunas de sus flores para constituir una olorosa y hermosa bronxa de gesminer. Los muchachos sin embargo nos acercábamos al esbarzer que crecía junto a la acequia o en el margen para coger sus moras.

Tener una caseta incluía el tener un carro y un animal. Hoy las segundas residencias suponen la tenencia de un coche, pero la tenencia de un animal: l’egua, rocí, haca, matxo o burro, hace necesarios una atención y un lugar donde el animal pudiera descansar y alimentarse así como poder atender sus necesidades y estar atento a sus cualidades. El asno es más sobrio y el mulo más resistente a las privaciones y al trabajo en el secano, las pezuñas del mulo son más aptas para sortear las dificultades escabrosas del terreno que circunda algunas partidas del término. En todas las casetas la existencia de un establo era necesaria para paliar esta necesidad y procurar el descanso del animal.

Vamos a hablar en primer lugar del animal que disponía de variados arreos que colgaban de las paredes de la cuadra, según el trabajo que iba a realizar. Si tenía que llevar el carro se le colocaba un forcasset que también se utilizaba para llevar el arado. Para transportar carga se le colocaba la sarria de esparto o de palma que llevaba una bolsa a cada lado del lomo.

Para llevar cántaros para el agua, se le colocaban unos aiguaders, que podían llevar hasta seis cántaros. Y ya que hablamos de vivencias en la renda contaré que en una ocasión mi padre había plantado 24 almendros en Tarraula y había que regarlos, así que un día pidió prestado el burro y los citados aiguaders con los seis cántaros a un amigo y allá que nos fuimos. Cerca del terreno de los almendros había un aljibe desde el que llenábamos los seis cántaros y en cuatro viajes desde el aljibe hasta los almendros, cada arbolito recibió el agua
de un cántaro. Pero seguramente el burro al sentir que no era el amo quien con él iba no debió gustarle mucho y no resultó fácil de conducir por lo que en el viaje se rompió un cántaro en un momento dado.

Recuerdo que en el viaje de ida y vuelta, el burro cada vez que encontraba otro animal de su especie, soltaba sonoros rebuznos al tiempo que se paraba y se resistía a continuar el camino. ¿Cuánto sudamos mi padre y yo aquella mañana? Pero los almendros quedaron satisfechos. “Quan el burro brama, algo demana” dice el refrán.

(Continuará)

3 Comentarios
  1. Encarna Martínez Oliveras dice:

    Muy interesante y enriquecedor, como simepre

  2. Juan Bta. Codina Bas dice:

    Tengo que agradecer a un lector que me ha facilitado información sobre el arros amb ventre i peus que indicaba en mis anteriores trabajos. Dicha información aparecera más adelante. Se trata de un arroz meloso. Gracias por los comentarios que voy recibiendo, bien en este aparato o de forma personal.

    • Consuelo Cuenca Morato dice:

      Gracias a ti por ampliar nuestros conocimientos y costumbres! Estas cosas hoy en dia se echan de menos y es encantador volver a ellas!!


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