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«El sindicato agrícola Jesús Nazareno, la Cooperativa»

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19 de septiembre de 2025 - 12:17

OPINIÓN | José Font Caballero

A finales del siglo XIX, Jávea dependía casi exclusivamente de la agricultura. La vid en primer lugar, y los naranjos, el trigo, los almendros, algarrobos…, marcaban el calendario de trabajo y el sustento de las familias. En este contexto la encíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII, tuvo un impacto significativo en el campo español -y por ende en el xabiero- al promover el asociacionismo católico como respuesta a los conflictos sociales y la cuestión agraria.

Este gran documento pontificio inspiró la creación de sindicatos y cooperativas católico-agrarias que buscaban mejorar las condiciones de los trabajadores rurales, combatiendo el avance del socialismo y el liberalismo secular. Estas asociaciones, como las Cajas Rurales y los Sindicatos Agrícolas, fomentaron la solidaridad, el crédito asequible bajo los principios recogidos en la doctrina social de la Iglesia, consolidando un modelo de sindicalismo católico que perduró en la España rural durante décadas. Esta célebre encíclica se exhortó a proteger la propiedad privada frente al comunismo, proteger al campesino frente al capitalismo, convertir a los proletarios en propietarios. Y la cosa, funcionó… En Jávea, por ejemplo, en 1983, el 98,2% de la población figuraba como propietaria en estudio publicado por el Ministerio de Agricultura.

El ‘Sindicato Agrícola de Jesús Nazareno’, nació con nombre cristiano -de la devoción xabiera más querida- en 1919. Las primeras juntas rectoras estuvieron formadas por prohombres de la villa como Julio Cruañes Soler, Carlos Benimeli Bañuls, Juan Ramos Morand. La existencia de un consiliario -el párroco de San Bartolomé u otro sacerdote- era obligatorio para que la entidad no perdiera su labor social y cristiana. El sindicalismo católico que cuajó de inmediato en Jávea intentaba crear una tercera vía entre el capitalismo salvaje y el colectivismo estatal: una economía con justicia y libertad, en la que los trabajadores tuvieran voz, dignidad y herramientas. Pronto todo el mundo hablaba en nuestro pueblo, de ‘El Sindicat’. Y lo que empezó siendo una institución agraria fue creciendo hasta convertirse en una verdadera estructura paralela de vida colectiva. El asociado debía cultivar un espíritu de justicia, rechazar cualquier tipo de injusticia, abogar por la paz y el entendimiento frente al enfrentamiento de clases, y ofrecer su tiempo y esfuerzo en beneficio del colectivo. Aparte de las metas económicas o sociales, las asociaciones podían también impulsar iniciativas educativas, benéficas, religiosas o recreativas que beneficiaran al conjunto de la comunidad.

Después de la Guerra Civil, y con la traumática cifra de caídos miembros socios del Sindicato, se cambia el nombre, manteniendo el patronazgo del Nazareno. La Cooperativa Agrícola Jesús Nazareno. La primera gran función que asumió la Cooperativa en esta nueva etapa fue, como desde sus inicios, dedicarse a adquirir productos agrícolas esenciales, poniéndolos a disposición de todos sus socios. Abonos envasados, pesticidas, fungicidas o herbicidas eran almacenados para combatir las plagas que azotaban los cultivos principales de Jávea: la viña y los naranjos. Además, se contaba con herramientas manuales —azadas, picos, palas— y pequeñas máquinas para desgranar el maíz o pelar almendras. A ello se sumaban tractores de diferentes potencias y sus correspondientes arados, rotovators y demás aperos, destinados a labrar y preparar el terreno para nuevas plantaciones.

Uno de los recursos más apreciados era la ‘trilladora’, que permitía separar el grano de trigo de la paja. También se contaba con empacadoras, que comprimían y embalaban la paja utilizada como alimento para el ganado.

Las tareas más complejas, como los tratamientos fitosanitarios a gran escala, se realizaban con maquinaria remolcada por tractores. Estos equipos incluían cubas de más de mil litros de capacidad, en las que se mezclaban productos químicos pulverizados posteriormente mediante bombas de alta presión, extendidas por los campos.

Todo este engranaje agrario era sostenido por el personal de la propia Cooperativa. Algunos empleados se encargaban de despachar los productos químicos desde el gran almacén situado en la calle San Joaquín, con acceso posterior desde la calle Portelles, donde los carros entraban a un patio interior y llegaban hasta un pequeño muelle de carga. Otros trabajadores, como los populares hermanos Rull, conducían los tractores y realizaban las labores requeridas por los socios en sus parcelas.

Este sistema permitió a los agricultores acceder a medios de producción que, individualmente, les habrían sido inalcanzables. Durante muchos años, el apoyo logístico y técnico de la Cooperativa representó un pilar fundamental para la agricultura de Jávea.

La dirección de la Cooperativa recaía en un Consejo Rector, cuyo presidente solía ser una figura bien conocida en el pueblo: propietarios agrícolas respetados, con prestigio personal y solvencia moral. Nombres como Antonio Catalá Bertomeu o Juan Bover Bertomeu encarnaron ese perfil, dando confianza a los socios y al conjunto de la comunidad.

Junto al presidente, el Consejo contaba con un secretario y un tesorero, elegidos mediante votación secreta por todos los asociados, durante la Asamblea General anual. Además, lo integraban entre cinco y ocho vocales, casi siempre agricultores con experiencia, representación local y reconocida profesionalidad.

Este órgano colegiado tomaba las decisiones fundamentales que afectaban tanto al rumbo económico de la entidad como a su funcionamiento cotidiano. No había grandes técnicos ni expertos de formación académica, pero sí una sabiduría práctica basada en el sentido común, el conocimiento del terreno y una fuerte conciencia comunitaria. Esa combinación de prudencia y determinación resultó decisiva para adaptar la Cooperativa a las distintas necesidades de sus socios a lo largo del tiempo.

Conviene subrayar que esta entidad no se conformó con mantener el statu quo. Al contrario, demostró un marcado interés por modernizarse. El Consejo Rector solía designar a dos o tres representantes para acudir anualmente a la Feria de Maquinaria Agrícola de Zaragoza y a la Feria del Campo de Madrid. Allí tomaban nota de las últimas innovaciones en equipamiento, para incorporarlas a la Cooperativa si resultaban útiles. Así llegaron, por ejemplo, tractores John Deere que reemplazaron a modelos antiguos, o los depósitos nebulizadores que sustituyeron a los tradicionales pulverizadores, mejorando los tratamientos en los cítricos.

Igualmente, se dio el salto de los abonos sólidos a los fertilizantes líquidos, empleados en el sistema de riego por goteo bajo el método de fertirrigación, que permitía una gestión más eficiente del agua y los nutrientes, elevando la calidad y cantidad de las cosechas.

Sin embargo, la viña, cultivo esencial en la comarca, sufrió una grave regresión. Las plagas de la filoxera (1904) y el mildiu (1934) redujeron drásticamente la producción de uva moscatel. Aunque se intentaron replantaciones con portainjertos americanos resistentes, como el Rupestris o el Riparia, la situación empeoró por la caída de los precios y el encarecimiento del proceso de elaboración de la pasa.

A esto se sumaba el dominio absoluto de comerciantes británicos en los mercados de exportación hacia Europa y América, quienes imponían condiciones desfavorables a los productores locales. La competencia creciente de países como Chipre, Creta, Grecia, Italia o Turquía terminó de complicar el panorama.

Se emprendieron distintas iniciativas para mejorar la comercialización, como la creación de la Cámara Oficial Pasera de Levante (1927), la Unión de Exportadores de Pasa (UNEXPA) y más adelante, las Cooperativas Agrícolas Sindicales (C.A.S.) en 1960. Sin embargo, sucesos históricos como la Gran Depresión de 1929, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial frustraron esas estrategias.

La producción de uva se fue reorientando progresivamente al consumo en fresco y, sobre todo, a la elaboración de mistela. Las cooperativas de Teulada y Jalón abrieron camino en este sentido, y la de Jávea no tardó en seguir su ejemplo. En un solar de la Partida Roig se edificaron dos grandes naves —conocidas como la ‘Mistelera’—, equipadas con básculas industriales y depósitos de hormigón para la elaboración y almacenaje del licor.

La mistela elaborada se vendía tanto a los socios —que acudían con garrafas a rellenar— como a granel, en grandes cubas metálicas, a fabricantes de fuera del municipio. Se preparaba mezclando mosto con alcohol de quemar, para elevar su graduación, y melaza de azúcar para intensificar el dulzor.

Así nació la Bodega Cooperativa de Jávea, una extensión natural de la Cooperativa Agrícola ‘Jesús Nazareno’. Durante un tiempo, esta iniciativa permitió a los viticultores rentabilizar las pocas viñas que seguían activas. Pero la expansión del cultivo de naranjo, incentivada por la disponibilidad de aguas subterráneas en el Plá. Pozos de Ballester, Bolufer, Catalá, Rialla… terminó desplazando definitivamente a la vid.

Con el paso del tiempo, la Cooperativa amplió su radio de acción más allá del ámbito estrictamente agrícola. Una de las primeras ramificaciones fue la creación de una sección de consumo -Cooperativa de Consumo de Jávea- destinada a proveer a los socios de alimentos básicos no perecederos a precios más asequibles que los del mercado habitual. Esta rama operaba como una gran tienda de ultramarinos, abastecida de productos esenciales como arroz, legumbres, harinas y conservas, en una época —los años 50 y 60— en la que la escasez y el racionamiento aún dejaban huella. El punto de venta se ubicaba en la calle Mayor, y era gestionado por Blas Bolufer, más conocido entre los vecinos como ‘el tío Blai del Sindicat’, una figura entrañable que durante años se convirtió en sinónimo de servicio y cercanía.

Durante las décadas centrales del siglo XX, Jávea carecía de entidades bancarias que ofrecieran servicios de ahorro, crédito o cuentas corrientes. Ante esta carencia, la Cooperativa impulsó la creación de su propia sección financiera: la Cooperativa de Crédito de Jávea.

Este organismo interno se encargaba de gestionar operaciones como préstamos, depósitos, cuentas de ahorro, negociación de letras y otras gestiones económicas habituales. Aunque nacida bajo el paraguas de la Cooperativa Agrícola, sus servicios pronto se extendieron también a comerciantes, profesionales y funcionarios locales.

Durante años, esta entidad administró los ahorros de buena parte de los javienses. No fue hasta la llegada posterior de entidades externas —como la Caja de Ahorros del Sureste de España en la Plaça de Baix o el Banco de Valencia en el Raval de la Mar (hoy Avenida de Alicante)— que su papel comenzó a reducirse.

Las decisiones clave, como la concesión de créditos, recaían en un pequeño comité integrado por el presidente, el secretario y el tesorero del Consejo Rector. Solo se aprobaban préstamos a quienes demostraban una solvencia suficiente.

El gerente de esta sección fue Juan Noguera, y su sede también se hallaba en la calle Mayor, junto al local de la Cooperativa de Consumo. En la planta superior del mismo edificio se habilitó un espacio de ocio para los socios, donde podían jugar al dominó o a las cartas, además de disfrutar del bar. El lugar era conocido familiarmente como el ‘Casino del Sindicat’.

Con el paso del tiempo, y especialmente a partir de la década de 1980, este primer Casino fue sustituido por unas modernas oficinas. Paralelamente, la Cooperativa adquirió una casa cercana en la misma calle Mayor, donde construyó un edificio de nueva planta, bautizado como ‘Edificio Social’.

La planta baja albergaba un bar, mientras que los pisos superiores se destinaron a biblioteca y salas de uso público. Estos espacios estuvieron abiertos a toda la comunidad, y fueron utilizados con frecuencia por vecinos de todas las edades y perfiles.

Durante los años de posguerra, la oferta educativa en Jávea era muy limitada. La enseñanza se detenía en la formación básica, y muchos alumnos faltaban con frecuencia para colaborar en las faenas del campo.

Conscientes de esta carencia, un grupo de socios vinculados a la Cooperativa decidió crear una Cooperativa de Enseñanza. Se trataba de una entidad privada, sostenida por aportaciones económicas de los propios socios, cuyo objetivo era ofrecer clases preparatorias para el Bachillerato y, en algunos casos, también para el Magisterio.

La primera de estas iniciativas fue la Academia Jesús Nazareno, ubicada en un edificio en la calle San Buenaventura. Desde allí, se impartían enseñanzas hasta el nivel de Magisterio, y de sus aulas salieron numerosos futuros maestros. Conforme creció la demanda de formación para acceder al Bachillerato, surgió una nueva academia: Academia Surco, concebida como continuación de la anterior.

Para ponerla en marcha, los socios adquirieron un solar próximo al pueblo, en el Raval de la Mar, junto a la actual Avenida del Puerto. Allí se levantó un edificio de una sola planta, rectangular y funcional, con un largo pasillo central que daba acceso a las aulas. Estas estaban provistas de amplios ventanales orientados al norte y al sur, lo que garantizaba buena ventilación e iluminación natural.

En uno de los extremos se situaba una sala de mayores dimensiones, conocida como el ‘estudio’, donde los estudiantes permanecían en los ratos entre clase y clase. La Cooperativa seleccionó cuidadosamente al profesorado.

Dado que Surco no era un centro oficial homologado, su enseñanza se encuadraba dentro del sistema de ‘enseñanza libre’. Esto implicaba que los exámenes debían realizarse en un instituto oficial de enseñanza media. Al principio, el alumnado se examinaba en el Instituto de Alicante; más tarde, se optó por el Instituto Padre Eduardo Victoria de Alcoy, que acogió durante años a centenares de estudiantes de Surco.

El día de los exámenes era toda una odisea. Las familias solían contratar un autobús —habitualmente de Venturo— para trasladar a sus hijos hasta Alcoy. La ruta cruzaba toda la montaña alicantina, pasando por Gata, Pedreguer, Pego, Adsubia, Benialí, Benisivà, La Carroja, Benissili… El almuerzo solía hacerse en la Venta de la Margarida, pero el mal estado de las carreteras, llenas de curvas, provocaba que muchos estudiantes acabaran devolviendo el bocadillo antes de llegar.

A las nueve comenzaban los exámenes, uno tras otro, sin apenas pausa, hasta las ocho de la tarde. Regresaban agotados, pero con la satisfacción de haber superado una prueba fundamental para su futuro académico.

Gracias a esta estructura, y al empeño de sus profesores y familias, muchos jóvenes de Jávea accedieron por primera vez a la universidad, tras completar el Bachillerato y superar la prueba de acceso. Algunos se licenciaron en Magisterio, Farmacia, Ingeniería, Arquitectura, Ciencias Económicas, Políticas o Empresariales.

La Academia Surco —como antes la Jesús Nazareno— fue posible por la visión y el compromiso de la Cooperativa Agrícola ‘Jesús Nazareno’ y de figuras clave como José Font Marzal, alma intelectual de aquel movimiento cooperativo. Su liderazgo y asesoramiento influyeron de forma decisiva entre los agricultores de la localidad. Permitió a muchos jóvenes formarse sin tener que abandonar el pueblo, y fue el trampolín para que varias generaciones accedieran a estudios superiores, y con ello, a una vida profesional más diversa y prometedora.

El 8 de septiembre de 1984, una noticia en el diario El País, actuaba como obituario o panegírico del Sindicat:

«El Grupo de Cooperativas de Jávea (Alicante) ha acordado la disolución de las entidades que la forman y su integración en la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia. Las entidades que forman el grupo son la Cooperativa de Crédito de Jávea, con depósitos por un importe superior a 1.000 millones de pesetas; la Cooperativa Agrícola Jesús Nazareno, con un saldo de créditos de 100 millones, y la Cooperativa de Consumo».

Todo esto fue posible gracias a una organización nacida del pueblo y al servicio del pueblo. Una red de solidaridad, esfuerzo compartido y visión colectiva que supo adaptarse a su tiempo y responder a las necesidades de cada generación. Su legado —aunque muchas de sus estructuras hayan desaparecido o se hayan transformado— permanece vivo en la memoria de quienes fueron testigos de su impulso transformador.

El Sindicat de Jávea no fue solo una cooperativa agrícola. Fue un instrumento de progreso, un verdadero motor de cambio social. Fue el bar, el banco, la tienda, la escuela, la mistela y la máquina. Fue, en cada etapa, lo que el pueblo necesitaba.

Hoy, trabajar la tierra —por herencia, por vocación o por necesidad— es casi un acto de rebeldía. En tiempos donde los burócratas de Bruselas asfixian a nuestro campo, dedicarse a la agricultura es resistir. Por eso, a quienes aún no habéis pisado un bancal xabiero, os animo a hacerlo. A convertiros en piratas labradores. A volver la mirada hacia la tierra y no hacia el ladrillo. Nuestros antepasados estarían orgullosos de vernos honrar su esfuerzo con nuestras manos. Se lo debemos.

Agradezco toda la información y documentación a un insigne xabiero de linaje y nobleza de espíritu.

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  1. Godo dice:

    Documentado y muy interesante artículo, que los mayores leerán con agrado, no exento de nostalgia; pudiendo ser para los jóvenes una magistral lección de la reciente historia de Jávea. Son pinceladas de una etapa de sacrificio, trabajo duro y privaciones, no exenta de esperanza en un futuro mejor, que los javienses, en especial los agricultores, supieron afrontar con valentía, audacia e inteligencia. Todo un ejemplo para la actual juventud.