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El escudo de Jávea: la memoria que no debe cambiarse

OPINIÓN | José Font Caballero

Hasta no hace mucho, podíamos escuchar en nuestra jerga popular, la expresión ‘El Muy Ilustre’ en alusión al gobierno de turno de nuestro ayuntamiento como crítica a alguna actuación impopular del consistorio. Pues bien, esta exclamación xabiera que hacía referencia a la institución municipal, ha caído en desuso porque el Ayuntamiento no es ni muy ilustre ni de la Lealísima y Real Villa de Jávea desde hace un par de décadas.

Y es que además de modernizar el blasón xabiero que ha derivado en un diseño infame, Jávea ha perdido nobleza y decoro por incultura y desidia.

La estabilidad de los honores, los protocolos y los símbolos no es una cuestión de nostalgia ni de rigidez ceremoniosa, sino un principio fundamental de identidad colectiva. Estos elementos condensan siglos de historia, sacrificios compartidos y acuerdos tácitos que sostienen la continuidad de una comunidad política. Cuando permanecen firmes, sirven como puentes entre generaciones, recordatorios visibles de que no partimos de cero en cada etapa histórica. Son, en definitiva, un lenguaje común que todos entendemos, incluso cuando discrepamos en lo demás.

Alterarlos al compás de cada coyuntura partidista no solo empobrece su significado, sino que reduce la memoria colectiva a un tablero de juego táctico. Los símbolos no son trofeos ni botines ocasionales: son marcas de referencia que nos orientan en medio del cambio y garantizan que el poder no pueda reinventar a placer la identidad de todos. Mantenerlos estables no implica congelar el presente, sino respetar las reglas básicas que permiten cualquier convivencia democrática. Sólo cuando aquello que nos identifica se preserva, puede el resto transformarse con libertad.

Los escudos municipales no son logos modernos: son piezas de identidad construidas durante siglos. En Jávea, su emblema ha sido siempre un reflejo fiel de su historia. Hace unos días celebrábamos el aniversario del otorgamiento de Felipe V a Jávea, de las dos ‘L’ de lealtad y la Flor de Lis de la Casa de Borbón, que forman un conjunto coherente que aparece en documentos, sellos y grabados desde hace más de trescientos años.

Sin embargo, en 1993, el escudo sufrió variaciones discutibles: añadidos tardíos, mezclas heráldicas incorrectas y reinterpretaciones que, en ocasiones, respondieron más a modas políticas o estéticas que a criterios históricos. Se propuso y se aprobó una versión cuya explicación oficial contradecía la tradición heráldica y desplazaba símbolos esenciales como la Flor de Lis.

Los escudos no se inventan: se heredan. Cambiarlos sin rigor equivale a alterar la memoria de un pueblo. En un mundo donde todo se actualiza a golpe de imagen, preservar símbolos como el escudo de Jávea es una forma de respetar quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo.

El escudo diseñado por André Lambert es el que a mi juicio, más identifica a Jávea con su historia y estéticamente no tiene parangón. Tomen nota, miembros del ‘Muy ilustre’.

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