Doña Maruja Varó: breve homenaje a la matrona de los xabieros

Hace unas semanas conocíamos la intención del Ayuntamiento de Xàbia de concederle a la futura plaza que se situará en el solar del antiguo cuartel de carabineros frente al Paseo Marítimo de Aduanas, el nombre de Placeta de la comare Maruja Varó (Placeta de la matrona Maruja Varó). Cuando conocí la propuesta, enseguida corrí a preguntar a mi madre quién era esa señora y porqué merecía una plaza. (A día de hoy, y conociendo lo que sé, me avergüenzo de no haber entrevistado en vida a doña Maruja).

Desde entonces, y con la idea en mente de realizar este artículo, no ha habido persona a la que le preguntara sobre Maruja, que no tuviera un buen recuerdo de ella o alabara su eterna predisposición con la sociedad xabiera y sobre todo con la infancia en general.

Animado por transmitir a los jóvenes que, como yo, no supieran quien era la matrona de los xabieros, decidí contactar con Miguel Serrat, su marido, y con Catina Serrat, su hija, que muy gustosamente accedieron a contar anécdotas y vivencias de doña Maruja.

Miguel hace tiempo que necesita una bombona de oxígeno para respirar. No obstante, y aunque aparente cierta fragilidad, está como un roble y es un gran conversador. Creo que accedió a realizar la entrevista porque el medio en el que iba a ser publicada era digital y cree que Internet no lo lee mucha gente. Sea como sea, a continuación damos algunas pinceladas sobre la vida de una gran mujer, una gran xabiera.

Doña Maruja Varó, la matrona de los xabieros

Maruja era de El Campello y tenía cuatro hermanos. Llegó a Xàbia en 1960 pero antes, y tras sufrir el duro revés de la muerte de su madre, comenzó a estudiar magisterio en Alicante y justo cuando le faltaba un año para terminar la carrera, abandonó sus estudios y pidió una beca para irse de comadrona al hospital universitario Santa Cristina de Madrid.  Más tarde, salieron plazas de comadrona en Benidorm y Xàbia y ella eligió nuestro municipio para comenzar a trabajar aquí con un sueldo de 333,33 pesetas al mes.

En el lugar en el que se hospedaba conoció a Miguel que trabaja de chófer (o como dice él: “de chófer no, trabajaba de vaes” -gratis-). Decidir casarse ya fue más complicado porque ambos no tenían un gran sustento económico pero, aun siendo conscientes de que no sería fácil, decidieron contraer matrimonio porque, como cuenta Miguel: “nos queríamos mucho”. De hecho, esa fue la principal razón por la que Maruja rechazó en varias ocasiones trasladarse a Madrid a trabajar en un hospital en una plaza más importante. Maruja quería muchísimo a Miguel y Miguel sigue queriéndola aún hoy.

Pasaron los años y poco a poco el matrimonio fue prosperando. Miguel está convencido de que la cifra de 3.000 niños que se dice, Maruja ayudó a traer al mundo, es errónea y que “son muchísimos más”.

Doña Maruja era muy profesional. Se encontró muchos partos en los que los padres no querían recurrir al botiquín que había para partos en las farmacias y ella siempre hacía fuerza para que fueran a por él. También era muy caritativa. Miguel recuerda muchos alumbramientos que no cobró, aunque el matrimonio lo necesitara, porque era conocedora de la mala situación económica de esa familia. Catina nos cuenta que si Maruja se enteraba de alguna persona que necesitara algo, corría a casa para dárselo: “Cuando nació mi segunda hija, mi madre se enteró de que un matrimonio iban a ser padres pero no tenían todo lo necesario para el bebé. Ella vino a casa, cogió hasta la cuna y se lo dio. ¡Y luego yo me quedé en estado de mi tercera hija!” cuenta entre risas.

Catina también recuerda cómo de Pedreguer venían “los hippies” y recogían a su madre en una furgoneta para que ayudara a alumbrar a las chicas de la comuna. Lógicamente, esos partos casi clandestinos no los cobraba.

Nunca quiso marcharse de vacaciones por si alguna de sus parturientas la requería. Tal era el amor que sentía doña Maruja por su trabajo que, siendo mayor, opositó para ser matrona de Xàbia cuando salieron unas plazas restringidas. Ella ya se preocupó de aprobar con nota para poder seguir ejerciendo la profesión que tanto quería. Ella y las que fueron las comadronas de los pueblos del alrededor, quedaban para estudiar «y repetirse en voz alta una y otra vez» -como recuerda Catina- los temarios de los que tenían que examinarse.

Miguel hace hincapié en que, actuando su mujer de matrona durante un parto, nunca falleció ninguna de las madres que asistió ni ninguno de los niños que ayudó a alumbrar. Todo un mérito si consideramos los medios de la época.

También ejerció como practicante y tal eran sus ganas de ayudar a la gente del que ya era su pueblo, que trabajó duro para que, entre ella y todos los que participaron del proyecto, Cruz Roja Xàbia fuera una realidad y lograra llevar a cabo la gran labor que realiza y ha realizado hasta el día de hoy.

Doña Maruja era una persona tímida y humilde. Miguel lamenta no tener más fotos con ella pero según dice “rehuía de las cámaras”. Es más, cuando el IES número 1 le realizó un homenaje sorpresa, Maruja lo pasó mal en ese sentido al verse rodeada de tantísima gente. Pero tal era la educación y el respeto de la matrona, que ella no se quejaba ni se enfadaba nunca, aceptó con muchísima ilusión todos y cada uno de los cumplidos que aquella tarde se le dieron y agradeció enormemente el detalle.

¿Con cuántas personas nos cruzamos al día y somos ajenas a su realidad? Un servidor se habrá cruzado por la calle con Doña Maruja infinidad de veces cuando vivía y no tenía constancia de la gran mujer que fue y de todo lo que hizo por Xàbia hasta ahora. Este es, con muchísimo respeto, un pequeño resumen de su historia.

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