OPINIÓN
Se cumplen ya treinta años de aquella jornada que quedó grabada, con tinta indeleble, en la memoria viva de todo un pueblo. Treinta años desde que la Virgen de Loreto subió al pueblo por vez primera y salió al encuentro de sus hijos y recorrió nuestras calles, despertando un sentimiento compartido que iba mucho más allá de lo visible. Hoy, al evocar aquella efeméride, nace el deseo de volver la mirada atrás y rescatar no sólo los hechos, sino también el latido que los acompañó, la esencia de un día que fue, verdaderamente, extraordinario.
Para ello, nada mejor que acudir a la voz serena, culta y profundamente humana de Don Vicente Gilabert Costa, antiguo párroco de San Bartolomé, quien supo captar como pocos el alma de aquel acontecimiento. Su crónica, escrita con la sensibilidad de quien no únicamente observa, sino que siente y participa, nos transporta con una fuerza admirable a aquellas horas irrepetibles. Al leerla, uno no puede evitar pensar que, quizá, antes se escribía -y se vivía- de otra manera, con más pausa, con más hondura, con una mirada más atenta a los pequeños detalles que, al final, son los que construyen lo verdaderamente grande.
Pero su texto no es sólo un testimonio literario; es también un espejo en el que mirarnos. En él se refleja el fervor sencillo y auténtico de los javienses, ese que se asomaba sin complejos a balcones y ventanas, que se engalanaba en cada rincón del recorrido, que convertía las calles en un espacio compartido de fe, de encuentro y de comunidad. Un fervor que hoy, inevitablemente, sentimos distinto, quizá más discreto, quizá más silencioso… o quizá simplemente transformado por el paso del tiempo y muy ausente en tramos.
Sea como sea, recuperar estas palabras es, en cierto modo, volver a vivir aquel día. Es permitir que la memoria recupere sus colores, sus sonidos, sus emociones. Es recordar quiénes fuimos -y, en parte, quiénes seguimos siendo- cuando la Virgen de Loreto caminó entre nosotros.
Con esa intención, comparto a continuación este hermoso relato, titulado, con toda justicia:
UN DÍA EXTRAORDINARIO
Fue emotivo y cargado de sentido desde el primer momento. El día, que había amanecido desapacible, no presagiaba demasiadas cosas buenas; amenazaba lluvia, y hasta llegaron a caer unas gotas… Mirábamos ya, con el ceño más o menos fruncido, al cielo cargado de nubes. «Es ponent, no plourà», decían algunos, no sé si para tranquilizarnos o para tranquilizarse; otros añadían: «No serà res». Pero la verdad es que no las teníamos todas. Alguien, más atrevido (o quizá con más fe) dijo: «¿Cómo va a llover si los dos ‘Amos’ están en la calle?». Este acertó de pleno.
Y emprendimos la romería hacia el límite de la parroquia. Venía gente. El primer «Oh» de asombro surge cuando llegamos a la plazoleta de la calle de Loreto: ¡Qué fuente más bonita han dejado para la Virgen…! Pero no podemos pararnos, porque hemos de llegar a nuestro destino antes de que llegue la Virgen. Según vamos bajando admiramos el cuidado que han puesto los vecinos de la calle para mostrar su alegría por el paso de la Virgen, que se dará dentro de un rato: cada cual ha sacado lo mejor que tenía, porque había que recibir bien a la Señora. Los automovilistas, entre molestos y asombrados, nos preguntan qué es lo que está pasando, y qué significa todo aquello que estamos haciendo. Es difícil decirlo con palabras y les invitamos a que «miren». La comitiva continúa bajando y se va acrecentando el número de participantes.
Llegamos al Asilo, y surge el segundo asombro: hay ya mucha gente esperando allí y, entre ellos, distinguiéndose de todos los demás por el colorido de las cintas que adornan sus negros trajes, la Tuna, nuestra ‘Tuna de Xàbia’: ¿Es que no se canta a la mujer de quien se está enamorado? ¿Es que alguien duda de que todo xabiero está enamorado de su Virgen de Loreto? Es lógico, pues, que la Tuna esté allí… tanto que, sin ellos, hubiera faltado algo a la fiesta que se avecinaba. Hay nervios entre los que esperamos. Un agente de policía nos auxilia: por su ‘walki’ nos dice que ya han salido de la Iglesia de Loreto. No es necesario decir más. Sin saberlo, intuimos que vamos a vivir una jornada importante, extraordinaria, íntima, preciosa.
Los faros de dos motos de la policía anuncian el cortejo que, despacio, pausadamente, con la solemnidad de las cosas sencillas, acerca la Madre a la gente que, con un prematuro ‘nudo’ en la garganta, aguarda impaciente el momento del encuentro. Y se produce: aplausos, vítores, lágrimas, flores, y un abrazo entrañable de los sacerdotes de ambas parroquias… Los ancianos del asilo aplauden, y sus aplausos no los ‘tapa’ ni siquiera el repique de las campanas que las monjas, incansables, tañen con todas sus fuerzas.
Pero se va abriendo paso una voz, unas voces, y la gente calla para que hable, o mejor, para que cante la Tuna. Es inenarrable: las flores, la capa de un tuno a los pies de María, las piruetas inverosímiles de otro, la voz quebrada por el esfuerzo y por la emoción del otro, de los otros… La Virgen encara nuevamente el camino hacia «arriba». Y llega al linde donde se unen, más que se separan, ambas parroquias; y se produce el cambio de portadores, y todos quieren llevarla… «Más aprisa, Madre, más aprisa, que aquí arriba te estamos esperando desde hace cien años…».
La imagen entrañable, airosa, satisfecha del amor de todos sus hijos sube y sube, y no hay huecos ni entre la gente ni entre las casas, porque todos saben que su Virgen está pasando por delante de ellos y -de ello estamos seguros- presentándole a su Hijo, allá en el Cielo, los rostros emocionados de los que le presentan en silencio todo su amor.
Plaza y calle de Loreto: ningún obstáculo impide a María ver la fuente, bajar la empinada calle, llegar a la homacina. Allí está sólo unos momentos, los suficientes para que una vecina diga desde lo más hondo de su sentimiento: «Ahora Una ya le ha dicho a la Otra: ‘I per ací dalt, i tot bé? A la mar va tot igual’». O sea, que ya se han contado «sus cosas». Y otra vez emprender el camino del Templo.
Los de San Bartolomé le han preparado una sorpresa (para ello tuvieron que decirle una mentirijilla, pero Ella les perdonará): su Hijo Jesús no estaba en el «escenario» esperándola -como todos creían-, sino que, casi a escondidas ha salido al encuentro de su Madre… y aquí nos faltan palabras para expresar todo lo que ese encuentro produce en el corazón de los que hemos ido acompañando esta peregrinación de la Virgen Morena, pero todos sabemos que hablan muchos más las lágrimas y el “nudo en la garganta”, que las palabras que se puedan decir.
Las dos Imágenes son colocadas en su sitio y, de nuevo, la Tuna primero, el Grup de Danses después, cantan y bailan y honran a María y a su Hijo. Después son llevadas al Templo; allí se canta la Salve marinera y durante todo el día reciben la visita de centenares de xabieros enfervorizados.
Cuando al caer la tarde son llevadas de nuevo al escenario convertido en monumental altar, se reproducen las muestras de fervor. Adivinamos que las plazas donde se va a celebrar la Eucaristía se van a quedar pequeñas, y así es. La ofrenda de flores cierra los actos que, previos a la Misa, se celebran para honrar a la Virgen.
Se inicia la Misa, las voces del coro de jóvenes de San Bartolomé -qué nervios entre los nuevos- suena como nunca: ¡Qué bien se canta cuando se canta a la Madre! No han regateado ningún tipo de esfuerzo para estar, cantar y celebrar. Las Cofradías del Nazareno han confeccionado una medalla preciosa que es bendecida y colocada en la Veneranda Imagen: es el regalo del pueblo de Jávea a la Virgen de Loreto, a la Virgen Morena. Pero todo acaba, y también esta Eucaristía que concluye con la promesa de regalar una Corona para la Madre, que sus hijos de San Bartolomé le entregarán el día de su fiesta, en su Parroquia del Mar, allá por septiembre, cuando celebremos su fiesta.
Ocurre como siempre que hay una despedida: Madre e Hijo se resisten a separarse y se miran a los ojos… Al fin, el Hijo, mecido de modo impresionante por sus portadores, sube las escaleritas de San Bartolomé y desde allí, sin entrar todavía en el mismo, se despide de su Madre que, emocionada, emprende el camino de regreso.
Se repite lo mismo que por la mañana, pero al revés: ahora es la feligresía de Loreto la que espera a la Madre, y la recibe, y la agasaja… Nosotros la despedimos con el canto de la Salve y con unos sencillos fuegos de artificio, que expresan nuestro agradecimiento por su visita. Pero es una despedida sólo formal, porque todos, absolutamente todos, continuamos acompañando su Imagen hasta verla entrar en su casa, donde es recibida con todos los honores y donde, después del canto de su himno, nos despedimos con el corazón rebosante de gratitud, de alegría, y de esa íntima satisfacción que sólo producen los gestos y las acciones cuando están hechas con amor y aceptadas con el más puro y generoso amor.
Virgen de Loreto, Madre nuestra, ¡gracias por tu visita!
Virgen de Loreto, Madre nuestra, ¡protege siempre a Jávea!
Virgen de Loreto, Madre nuestra, ¡ruega por nosotros!










