En 1961, los trabajos de construcción del Parador Nacional y de la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto transformaban el paisaje del puerto y el Arenal de Xàbia. La localidad apenas contaba con dos pensiones y vivía un auténtico boom de la construcción. En ese contexto, Cande Vivens abrió en el comedor de su propia casa un pequeño establecimiento con solo cuatro mesas. Allí ofrecía menús caseros a los trabajadores que levantaban una nueva Xàbia.
A falta de alojamientos, algunas habitaciones de la vivienda se alquilaban para que esos mismos obreros pudieran dormir. Era una hospitalidad sencilla, directa, casi familiar. Su humilde casa se convertía en refugio de trabajadores. Cande Vivens cocinaba durante todo el año alimentando a quienes construían el futuro del municipio.
De comedor familiar a punto de encuentro turístico
En 1964, con tres hijas pequeñas y tras años de trabajo continuo, Cande decidió abrir únicamente la temporada turística, de mayo a octubre. Aquel cambio marcaría el inicio de una nueva etapa. Por sus mesas comenzaron a pasar los primeros turistas extranjeros, curiosos de una Xàbia que despertaba al mundo.
Con ellos llegaron amistades inesperadas, historias compartidas y una conexión especial con la cocina local. Muchos repetían año tras año, viendo crecer a la familia y a la propia Xàbia. Algunas relaciones, nacidas entre fogones y veranos, «perduran hasta hoy», indican las hermanas Ros Vivens.
Es a finales de los años 70 e inicios de los 80, cuando el trajín de montar y desmontar parte de la casa se acaba. Las niñas ya eran más mayores, ayudaban en los servicios, comandas y recados, así pues, el negocio retomó su actividad todo el año. Fue entonces cuando la vivienda familiar se transformó por completo en el restaurante: comedor, cocina, baño y almacén.
Además, Cande fue pionera, no sólo cocinaba y ofrecía alojamiento, sino que también hacía comidas por encargo, y vendía productos de la huerta propia.
Ya en los años 90, con Cande en edad de jubilarse, aunque sin perder el ánimo de trabajar, decidió traspasar el negocio a sus hijas. Así, el relevo generacional mantuvo el espíritu del local, dirigido por Cande, Mari y Paquita, que conservaron el nombre y la esencia que su madre había construido, principalmente, la esencia gastronómica tradicional.
Posteriormente, y tras la reforma de 2015, el local quedó tal y como se conoce hoy en día, con terraza en la parte trasera y recuperando los símbolos de Xàbia como la piedra tosca de la paredes y como, manteniendo la esencia culinaria.
Y es que, el Restaurante Cande ha sido el rincón de los sabores de Xàbia, de platos de la cocina tradicional que hoy apenas se encuentran en otros locales: Arròs de bull amb ceba, Arròs amb penques o Paella d’aladroc, entre otros manjares.
Recetas transmitidas de generación en generación y que, con el apagado de sus fogones, podrían quedar en riesgo de perderse dentro del circuito gastronómico.
Un adiós emocionante
Para las tres hermanas, el cierre se vive con una mezcla de extrañeza, gratitud y nostalgia. «El Restaurante Cande no era solo un lugar donde comer: era un espacio de encuentros», indica Cande Ros. Es decir, un bar de los de toda la vida, donde uno iba tanto por la comida como por la conversación.
Por allí han pasado trabajadores, turistas, vecinos, familias enteras. Clientes que comenzaron siendo de paso y terminaron siendo amigos. Personas que volvían cada verano para reencontrarse no solo con Xàbia, sino con quienes durante décadas formaron parte de su historia personal.
En estos días previos al cierre, las hermanas celebran la despedida con cada uno de los clientes que llegan. Reviven momentos y agradecen la fidelidad de estos años a su cocina.
Pero ahora, tras 65 años de dedicación, llega el momento de bajar la persiana. El cartel de ‘Cerrado’, pero en esta ocasión, ‘por jubilación’ colgará para siempre, poniendo fin a una vida entera dedicada a preservar la tradición gastronómica de Xàbia.















Las tres hijas continuaron el negocio de su madre, un negocio MUY sacrificado como es la hostelería. Pero la pregunta que no hace el artículo es: ¿Ninguna de las tres hijas tiene hijos/as que continúen el negocio? Porque este negocio SI es un negocio viable o más que viable.
No sé si tienen hijos o cuál es el caso concreto, pero muchísimos negocios que cierran lo hacen porque la generación siguiente no quiere trabajar, y no porque hayan estudiado y se vayan de Jávea, sino porque trabajar no es un valor para la generación actual. Luego vienen los lamentos de los hijos no pueden comprar una cada en Jávea, pero es una generación criada como ricos sin serlo, y sólo viven para su móvil y para las fiestas. a costa de los padres.
Quizá no sea éste el caso, pero sí lo es en docenas de negocios que todos conocemos. La riqueza creada por los javienses que se mataron a trabajar ya se acabó, las terretas ya se vendieron, muchos no tuvieron que comprar casa porque la heredaron, pero esa fiesta se acabó y ahora todo es culpar a guiris y foresters de lo que es un fracaso colectivo totalmente local. No es un caso especial de Jávea, es así en esta España que nos dicen que va como un cohete.
Como me doy por aludida al ser nieta de la fundadora, e hija y sobrina de las actuales propietarias, y como veo un interés en saber el por qué del cierre le digo que la respuesta es muy sencilla: Sí hay descendencia, pero ninguna con talento para la cocina ni para llevar cinco platos a la vez sin tirarlos, jajajaja. Mi hermana y yo trabajamos, y mucho, pero en los sectores para los que estudiamos. Y estamos muy agradecidas de que mi abuela, mi madre y mis tías se dejaran la piel para darnos esa oportunidad.
El restaurante ha sido parte de nuestra vida y estamos orgullosas de su historia, pero no todos servimos para la hostelería. Simplemente hemos seguido caminos distintos, trabajando igual como lo hicieron ellas, pero en otro ámbito.
Un saludo y gracias por interesarte por nuestra historia.
Candelarieta. Muchas gracias por tu comentario y por la más que buena educación del mismo. Mi comentario no era precisamente amable, y muy crítico con la «flojera» de la generación actual. Por descontado que sois libres de seguir o no seguir con el negocio de vuestros antecesores, pero me ha parecido muy penoso ver casos en los que no siguen y luego van en un camión repartiendo paquetes o barriendo la calle. Te deseo lo mejor a tí y familia.
El oficio de repartidor, también el de barrendero, son respetables como cualquier otro. Te digo, muchos quisieran poder o saber hacerlo. Que no es tan fácil como parece.
La variante más radical a tus palabras, y que desgraciadamente se ve mucho, son los hijos/as de emprendedores/as que han logrado algo, tirando el dinero en borracheras y drogas, sin dar palo al agua. O estos muchos «ilusionados» que se piensan que se van a ganar la vida en YouTube o TikTok mostrando videos que deja en entredicho la calidad de nuestra sociedad que… esta cambiando por igual en casi todo el mundo.
Como postdata; No digo que todos los que se dediquen al espectáculo visual de redes sean ridículos. Pero si que hay algunos que se pasan. Y muchos otros que usan la escusa para evitar trabajar en lo que sea.